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La desaparición de una Industria: la pesca artesanal

Por Alejandro Aguado / Texto y dibujo
domingo 17 de septiembre de 2023
La desaparición de una Industria: la pesca artesanal

El lago Colhue Huapi, desde tiempos muy antiguos pareció gozar de la preferencia humana respecto del lago vecino Musters: algo que se evidencia en la amplia cantidad y variedad de elementos arqueológicos, y cementerios indígenas, que allí se encuentran desde hace décadas. Estudios recientes verificaron que los grupos culturalmente cazadores – recolectores practicaban pesca intensiva y continua desde 1500 años atrás. En tiempos más recientes, lo eligieron pescadores artesanales para desarrollar su actividad económica. Ciertas características del lago supondrían lo contrario. Por ejemplo, es pantanoso, de aguas turbias, poco profundo, se congelaba durante el invierno y sufría grandes bajantes.

Una explicación acerca de la preferencia surge de la experiencia de Ricardo Espinosa, profesional de la pesca que lo adoptó como su lugar de trabajo desde los años 80. Resultaba más fácil y poco peligroso navegarlo con botes ya que al no ser muy profundo, con viento no generaba el fuerte oleaje que sufre su vecino Musters, que pese a su menor tamaño es más profundo. Otra surge de estudios científicos en los que se analizaron el limo y el zooplancton del lago, en los años ´80. Las conclusiones llevaron a que se lo catalogue como un oasis de productividad en torno a un territorio árido. Al ser poco profundo (promedio de dos metros durante los estudios) el viento provocaba que se removiera el suelo, con lo cual el agua contaba con más nutrientes, que a su vez generaban una gran cantidad de zooplancton y de un tamaño importante (de los más grandes de los lagos argentinos). Es decir, abundancia de alimento para percas y pejerreyes, lo que a su vez evitaba que se depreden entre ellos.

La pesca se desarrolló entre los colonos a poco de arribar y asentarse en sus márgenes y cercanías. Ya sea a pie utilizando redes en áreas poco profundas cerca de las costas, como navegando en áreas profundas. A lo largo de las décadas fueron numerosos los que se dedicaron en exclusiva a la pesca comercial. Vestigios de su actividad fueron quedando por toda la costa, como lanchones y botes que dejaron de cumplir su función y quedaron varados. El tiempo y el clima los van consumiendo o sepultando, y de algunos apenas perduran retazos de sus esqueletos. En la misma situación se cuentan antiguos atracaderos, asentamientos y algunas viviendas. Tal es el caso de lo que fue el puesto del pescador Andrés Gutiérrez, quien comenzó su actividad en los años ‘70 y en los años 80 se estableció en la costa oeste de Península Chica. Hacia fines de los años ‘90 comercializaba su producción en Puerto Madryn, pero dejaron de recibírsela porque aseguraban que los peces tenían gusto a barro. Ello se debía a la bajante del lago. Hacia el año 2000 se mudó al lago Musters para continuar con su actividad, donde también estableció una pequeña chacra. Hoy, lo que eran sus viviendas en Península Chica, junto con cercos, arboledas y un pequeño puerto, sucumben devorados por la arena. Otros pescadores muy recordados fueron Pichún y Hutnick.

Ricardo Espinosa proviene de familia de pescadores, actividad comercial que desarrollaban en un lago cercano al Alto Valle del Río Negro. Alguien elogió la riqueza del Colhue Huapi a su padre y en 1985 viajó para conocerlo. Le atrajo lo que vio y en 1986 toda la familia se mudó a Sarmiento. Desde entonces Ricardo, su padre y un hermano varón, se dedicaron de lleno a la actividad en el lago del centro sur de Chubut. Para los años 90, eran al menos cinco los particulares que se dedicaban a la pesca artesanal comercial, lo cual muestra la riqueza del lago.

El único año que no tuvo relación con la pesca fue cuando hizo el servicio militar obligatorio en 1982, en Río Gallegos. Coincidió con la Guerra de Malvinas y, aunque no fue a las islas, formó parte de los equipos que mantenían en condiciones los aviones de combate y asistían a los pilotos que a diario salían a cumplir con su misión. Uno de los aviones y el piloto con el que colaboraban, nunca regresó de una incursión de combate.

Al lago lo navegaban durante todas las estaciones del año. Las bajas temperaturas de inviernos extremos eran lo único que le impedía trabajar. Se solían formar gruesas capas de hielo que podían superar los 30 centímetros de grosor. Eso días no debían olvidar las redes sumergidas en el agua, ya que el hielo podía destrozarlas. Si coincidía a su vez con una tormenta de viento fuerte, las ráfagas partían el manto de hielo y lo desplazaban formando en las costas amontonamientos de entre 4 y 5 metros de altura. Por ejemplo, un año construyó un atracadero con chapas reforzadas con postes de hierro y madera, en la que habilitó una casilla de chapa para utilizar de refugio y depósito. Coincidió con un evento de fuerte viento que descuartizó al hielo, desplazó los trozos con tal fuerza que formó una avalancha que le destrozó la casilla, cortó los postes de madera y dobló los de hierro. Su bote se salvó por pocos centímetros de ser arrastrado por la avalancha. Algunos restos aparecieron a más de 50 metros de distancia.

En las incursiones por las islas, las que les servían de bases para pescar por los alrededores, descubrió una con abundantes restos de dinosaurios de 75 millones de años atrás. Dio aviso a paleontólogos a los que luego prestó apoyo logístico para realizar trabajo de campo (ver: Isla de los Dinosaurios).

La última vez que Espinoza y Gutiérrez pudieron navegarlo fue durante una bajante del año 2000. Luego, ambos se mudaron al lago vecino Musters. El lugar más apropiado que encontró Espinoza fue el brazo oeste del lago, que es poco profundo, de aguas turbias y con juncales en la costa oeste. Ese brazo es muy similar a lo que era el Colhue Huapi.

Como su antiguo lugar de trabajo se transformó en desierto, Espinoza comenzó a recorrerlo en vehículos cuatrimotor. Durante las incursiones detectó antiguos cementerios indígenas que el viento expuso en la superficie, y durante una de esas incursiones descubrió lo que le pareció el motor de un avión. Avisó en la estancia vecina y regresaron a la semana. El motor se había tapado, pero se había destapado otro de los motores. Decidieron desenterrarlo. El viento hizo su aporte, ya que para entonces estaban parcialmente descubiertas la cabina y las alas. Pronto la noticia del descubrimiento del avión caído en 1964, se difundió hasta alcanzar trascendencia en los medios de comunicación nacionales.

Hoy, el primer bote que utilizó Espinoza, yace semi enterrado en el sur del lago. Sus antiguos compañeros de conscripción, la mayoría ex combatientes, con los que se reúnen una vez al año, le prometieron que lo van a recuperar y restaurar. Si se tiene presente todo lo que atesora el extinto lago, es un museo en sí mismo para la geología, la paleontología, la arqueología y la historia naviera y, gran paradoja, aérea. Espinoza tuvo algún protagonismo en la mayoría de ellas.

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