viernes 20 de mayo de 2022
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Alto Blues, una banda de acá

Por Marcelo Melo La etnia afroamericana que arribó y habitó lo que hoy es EE.UU, fue la creadora del subyugante ritmo blues, que dio pie al rock and roll. Hoy les presentamos a brillantes exponentes de tal género, en Comodoro y alrededores.
domingo 16 de enero de 2022
Alto Blues, una banda de acá

 

La cita se dio en el escenario de Burger Club, pub céntrico, muy abierto a brindar posibilidades a los creadores locales, hasta artistas plásticos han gozado del espacio para que, un público masivo, se deleite con sus obras. En ésta ocasión, fue el turno de Alto Blues.

Cerca de las 22, empezaron a aparecer bajo las luces, del pasado sábado 8, Hugo Pérez Ruiz y su piano pleno de magia sustento; el bajista Ariel Moratinos, Pablo Sánchez, a cargo de la percusión y los “frontman”, en guitarras y voces: Ignacio Stankewitsch y Enrique “Charly” Pelicon.

Alto Blues es una banda mutante, comodorense. Los King Crimson locales, salvando inevitables distancias presentes. Se iniciaron en 2008, bajo formación cuarteto: Stankewitsch, Darío Vito, Luciano Vito y Diego Fernández, con el rol del compositor, en el primero. Por distintas razones, partieron los tres últimos y, a la actualidad, pasaron –entre miembros e invitados- más de 40 músicos.

   Sobrevuelan el blues, música engendrada por la población afroamericana, los negros que arribaron a EE.UU. Tomaron, de una composición de Bobby Watson, un viejo blusero, que cayó en un injusto olvido, el nombre artístico. Les permitía jugar, además, con la señal vial PARE, con la que emitieron el logotipo, marca registrada.

Charly (Néstor Enrique) Pelicon se sumó en 2009. Al poco tiempo, ingresaron Pablo Sánchez y Hugo Pérez Ruiz. Las últimas incorporaciones -fin de 2020- fueron: Ariel Moratinos y Javier González Rey. En el medio, editaron dos trabajos discográficos: “Músicos de Barrio” (2011) y “De dónde venimos” (2015, CD y DVD en vivo), en los que resaltan sus raíces musicales e influencias.

En el 2015 se suman Mariano Fernández (contrabajo) y Pedro Sagán (batería), que arribaron de afuera. Apareció el duelo, por partidas de dos integrantes, cuestión que ya habían elaborado, cuando falleció Carlos Duarte, percusionista (gran actor, además), que los acompañaría en un tramo de la trayectoria. Parate. Barajar y dar de nuevo. Hasta que les surge una invitación, para tocar en Santiago de Cuba, en la Fiesta del Fuego (2018). Asistieron como dúo: Stankewitsch y Pelicon, con un repertorio que los representara argentinos, tango, folklore, rock nacional y cancionero rioplatense. Bajo el brazo y en el alma.

En la actualidad, están por editar el trabajo, que aún no tiene nombre, pero desean denominarlo “Resumen Rioplatense”, trabajo que elaboran, en medio de la grabación de otra obra, “El Fuego no tiene Sombras”, labor de la que ya circulan tres composiciones, en las redes. Además, proyectan el registro de otro CD y DVD en vivo, siempre con nuevas expectativas.

Por último, miembro más que importante, es el aporte de Gustavo Calderón, de CDM Producciones, que hace que salgan bien afilados y afinados.

Los integrantes narran que, a la hora de componer, influye todo. Lo social, político, anímico, experiencias, lecturas, hasta lo climático. No les resbala lo que, alrededor, ocurre. Al contrario, todo les afecta. Y lo expresan con una nota, una melodía, un acorde o una frase, que parezca que no tiene nada que ver con el tema en cuestión, pero en el fondo: sí. Y ese extrañamiento, entre el discurso lineal y las palabras, que proviene del inconsciente, como las imágenes oníricas, son el inicio del tipo de poesía que entregan.

Un ejemplo, de las letras compromiso con nuestro entorno, es Sombras de Sal, remite al final, agónico y fantasmal, de una ciudad sin agua. Nuestro gran problema histórico.

 

Con todos ustedes, tres “Altos Blues”, Ignacio, Charly y Chapa, la sumatoria del productor artístico Javier González Rey. Toman la palabra.

 

Comencemos hablando de influencias…

   Ignacio: Deborah Dixon, cantoraza espectacular, intérprete extraordinaria. Pero, acá mismo tenemos mujeres grosísimas, Andrea Alberelli, Sandra San Román, Marisel López, Dona Laborde, Viviana Almirón, entre otras. Cada una en sus géneros y su impronta. Son de mi generación, pero la lista sería interminable y cometería omisiones que involuntariamente ofenda a alguien.

   Creo que merecen mucho más espacio que el que se les ofrece como sociedad. Por eso apoyo la Ley de cupo en los espectáculos. Y ya que estamos, deberían cumplirse también otras normas legales como la Ley X 65, que es el Régimen Laboral de los Músicos del Chubut; la Ordenanza de Teloneros, que nunca se reglamentó y que luego los concejales modificaron en forma totalmente inconsulta con las partes involucradas; o cumplir con las leyes de contratación de músicos sin caer en el fraude laboral del monotributo. Me fui un poquito, pero había que decirlo.

 

¿Cómo se elabora un solo en las seis cuerdas?

   Ignacio: un solo de guitarra pasa, por la mente, al momento de ser compuesto. Luego, internalizado, toca todo el cuerpo. No digo el corazón, que sería caer en un lugar común. Sino todo el cuerpo. Hay sonidos que salen del páncreas, desde la base de los pulmones, desde el hígado o el intestino. Eso no lo sabes, hasta que, mediante ejercicios específicos, en que parte del cuerpo te impacta, cada frecuencia de sonido. Hay que relajarse y escuchar cada nota. Sola. Por separado. Luego, cuando las tocas, estás recreando esas sensaciones, y si realmente lo sentís lo podés transmitir.

La audiencia, lo primero que percibe, no es el sonido, es la onda, la honestidad con que lo emitís. Cuando compones, vas usando esas experiencias y conocimientos. Ahí si, lo piensas. Eso es lo que va a una grabación o a un disco. Después, ya lo aprendiste. Hasta jugás, deformándolo cada vez que lo repetís, que no va a ser nunca igual, ya que, como el río, uno nunca es el mismo.

   Personalmente, prefiero los solos de guitarristas que son mano lenta, Santana, Gilmour, Clapton, el solo puede cantar. El virtuosismo y la destreza técnica en el instrumento no están mal, siempre que estén al servicio de la música, y no al revés.

 

Ignacio, ¿cómo fuiste construyendo tu músico?

   Cuando era chico no tenía idea que me iba a dedicar al arte. Se dio en mi adolescencia. Por una necesidad de decir. O de gritar. Mi adolescencia pasó en la Dictadura.

   A los 13 años, Daniel Pérez (guitarra) propuso armar una banda. No tenía idea de ningún instrumento, me enseñó y me animé. A los 3 meses, compré mi guitarra. A los 14, no tenía ganas de tocar temas conocidos, con los primeros acordes compuse mis creaciones. Más tarde, en fogones, aprendí a tocar repertorio del rock nacional. Esto se reforzó con un recital de Pastoral en Comodoro (1977), llevé a Miguel Ángel Erausquin a mi casa y me animó aún más. Al tiempo tomé clases con Pablo Kusselman, pocas, ordenaron varias ideas.

Escribir vino solo, crear letras para las canciones. Expresar, todo lo que no era tan simple, con ellas mediante. Aparecieron textos, libros, canciones y música instrumental. Muy naturalmente. También dibujaba, aunque bastante limitado en la materia.

Al Rock lo descubrí con amigos. Nunca más dejé de investigar, revolver bateas, navegar en redes. Tengo, por norma buscar y escuchar 3 temas por día, de artistas que no conozco. Otros, de links de amigos que me envían sus realizaciones. Todo me nutre, a lo que sumo aportes de músicos con que trabajo y trabajé.

   Soy experimental e instrumental. En 1993, un jurado integrado por León Gieco, Claudio Kleiman y Carlos Perezlindo me eligen como el mejor solista de rock provincial y representé a Chubut en la Bienal de Arte Joven (Bariloche). Más tarde, fui parte de la banda de Marcelo Falcón. En 2008 volví a tocar en grupos, con Alto Blues y con Mala Yunta (jazz fusión). Y me cayó la ficha: los artistas cobrábamos pésimo. Ahí, fui parte del Sindicato Argentino de Músicos SADeM (2009). Luego, un paso transitorio por La Ferroportuaria y la Orquesta Sinfónica del SADeM, origen de la Sinfónica de la UNPSJB.

 

Qué otros “monstruos” creadores, albergas…

En un principio B.B.King, del campo del blues. Sumo a Robert Fripp (King Crimson), que no es estilo Moody Waters, pero tiene elementos del blues, con cualidades propias, sino oír Hombre esquizoide del siglo XXI. Y, el blues de Pink Floyd, Led Zeppellin y Rolling Stones. Todo es punto de partida, fusiones y desarrollos, así llegamos al destino artístico.

Del plano nacional, Spinetta, Charly García y Pappo, referencias ineludibles. De aquí, es más difícil, no tengo referentes de mi generación o posteriores. Pero nombro a Marcelo Falcón, Oscar Payaguala, Omar Ramírez o Roque Bordón, ambos fallecidos, con los que toqué en Alto Blues.

 

¿Qué es necesario para construir una buena escena local?

   Ignacio: Para que exista una escena, es necesario pensarla como constelaciones. Quitemos connotación negativa al estrellato, consideremos el lado positivo, el brillo que tiene todo artista. Todes lo tienen, somos personas que tocan o cantan. Pero, no es suficiente para ser artista. Como no se es escritor con saber leer y escribir. Ahora bien, para la escena debe darse la asociación entre estrellas sueltas, la constelación de la que hablaba. Ellas se fueron armando y desarmando en Comodoro, no duraron demasiado. Y sería bueno que sucediera, tenemos varias pequeñas escenas, que aparecen y desaparecen.

   Una de las razones: los organismos culturales no saben para qué están, que es promover a sus creadores. Traen artistas de afuera, compitiendo deslealmente con las empresas privadas de espectáculos. Te achacan que, los artistas locales, tienen menor convocatoria, es consecuencia directa de la total ausencia de políticas culturales. Eluden su rol específico de difundirlos y promocionarlos, nos ponen a competir con monstruos multinacionales, como Sony Music o Editorial Planeta.

   La inversión no debe ser sólo en obra pública de hormigón y pavimento. Con inversión real, nuestros artistas se vuelven convocantes. Pasó con Grupo Uno, de la mano de CBS. Con los 113 Vicios, por aporte de Eco Radio y Armos Moreno (productor santacruceño). Pasó con Rubén Patagonia, pero yéndose de Comodoro. En ninguno fue obra de difusión del Estado Municipal, que debe hacerlo. Para completar esta verdad, también juega en contra la existencia de falta de compañerismo entre los creadores. Salvo honrosas excepciones, pero somos muy poco solidarios y empáticos entre pares. Por egos; competencia natural por escenarios, y porción del público.

   Por todo esto, y mucho más, no tenemos una escena real. Si artistas sueltos, pequeñas constelaciones fugaces. Lo que sí, no hay ausencia de creatividad o de talento.

 

Charly Pelicon, contanos sobre tus influencias musicales…

En mi infancia temprana había mucho tango, por mi viejo (que cantaba muy bien), y por el lado de mi madre: música clásica y folclore. Aunque, en la radio, sonaban los Beatles, los que jamás dejé de escucharlos, los Stones, Creedence, fue lo que escuché hasta los 12 años). Y mucha música nacional: Sui Generis, Almendra, León Gieco, Alma y Vida, Manal, etc. En la adolescencia, apareció Zeppelin, Purple, Kiss, Queen. Luego, aparecen los Doors, Tom Jones, Robert Palmer, Clapton, Pink Floyd, entre muchos otros.

Hoy en día, sacando a Charly García, Spinetta y Piazzolla, me vuelan la cabeza: Chango Spaciuk, Manu Sija, y algunos otros. Ojo, me cuesta ver a/los distintos, que vayan a tomar la posta en el futuro, ser los sucesores.

Internacionalmente, me pasa lo mismo, hay un gran mundo de talentos, pero, en general, no siento, ni percibo, que aparezcan los diferentes. Creo que, en el mundo que vivimos, donde el éxito se mide por vistas, o visitas, y no por el talento, dar con lo diferente, no es fácil, aunque sí, hay que reconocer que se democratiza un poco, con Facebook, Spotify o YouTube. Antes, jamás podíamos ver a muchos músicos excelentes, que no tenían oportunidad de grabar. Hoy, con una PC, lo podes hacer desde tu casa y no importa que la industria siga imponiendo lo suyo.

Por otra parte, creo que desde el Estado tiene que haber mucho más apoyo a los creadores.

 

El dueño de las cuatro cuerdas

El histórico piloto Emilio Moratinos es un referente del automovilismo patagónico, sin lugar a dudas. Con más de 40 años compitiendo, el “Patagónico Volador” logró 13 campeonatos. En 2016, en Puerto Deseado, por pasar a un piloto por la banquina, lo descalificaron y nunca más volvió a subirse a su auto de carrera. Semejante gloria, es el padre del bajista actual de Alto Blues, Ariel “Chapa” Moratinos.

Cuando se le pide que referencie a su creador, se llena de orgullo. “Es el mejor. Mi padre, amigo, hermano. Es todo. Un profesional, un hombre derecho, que enseño las cosas que hay que hacer en la vida, para ser un hombre, tener palabra, ser educado. Además, es el Campeón de la Patagonia, ‘El Patagónico Volador’. Tuve la suerte de ser su acompañante, en algunas carreras, y salir campeón en el 96. Estoy sumamente agradecido de la vida”. Enseguida, Emilio se suma y deja a pleno su sabiduría: “Buenos días, es un placer, hay que tener muchas ganas de hacer periodismo, por vidas ajenas y propias”.

Chapa Moratinos, no pierde tiempo y narra su dedicación a las cuatro gruesas cuerdas. “Desde que tengo memoria musical, querer tocar un instrumento, siempre quise abordar el bajo eléctrico. Lo veía a mi hermano ejecutar la guitarra criolla, sacando temas con la Toco y Canto. Recuerdo verlo tocar De Nada Sirve (Moris), Mi viejo (Piero), Blues del tren (Memphis).

Luego, se compró un libro de Marcelo Roascio (hasta fines del 2017 integró trío “Manal Javier Martínez”), para tocar blues, ponía el equipo de música, lo apañaba, se escuchaba la guitarra y, por el otro, la base del bajo. Le decía, ‘te quiero acompañar’. Mi viejo me compró un Faim SX (bajo), a Omar Castillo (Grupo Impacto). Así comencé. Sacando las bases de los temas que, mi hermano tocaba. Pegando un salto en el tiempo, con Alto Blues, a Ignacio Stankewitsch hacía mucho que lo conocía, y le dije que si volvía, con la banda, tras un parate, que lo quería acompañar. Fue antes de la pandemia. Y, desde marzo de 2021, ya inicié ensayar con ellos. Entregamos temas propios y cover’s. Estamos grabando, con nuestro productor, Javier González Rey, disco que presentaremos este año o el próximo”.

 

¿Cómo te hiciste luthier?

“Desde que comencé a trabajar, a los 18, mi mejor trabajo fue en la Casa de Música RD. Ahí conocí un gran amigo, que hoy no está entre nosotros, el Gato Marinado, quien me enseñó muchas cosas, una de ellas: cómo colocar las cuerdas en la guitarra clásica.

Luego, gracias a Raúl Domínguez, comencé a meter mano en las de seis cuerdas, calibrarlas, cuerdas. Ahí hice mi experiencia como lutier, eso, con el tiempo, se convirtió en mi profesión. Me compré herramientas, alrededor de 2005 y, en 2010, abrí un local, que mi viejo construyera para la peluquería de mi vieja. Hoy es ‘La Pentatónica’ (Ameghino 1544), me compré todas las herramientas necesarias. Hace 10 años, que me dedico a calibración, mantenimiento, de bajos, guitarras, teclados, amplificadores, etc. Tratando de brindar, a los músicos, necesarias soluciones. No solo me gusta, me lo tomo muy en serio, como a la música, a la que amo”.

 

A la hora de analizar la escena comodorense, ¿qué rescatarías?

Comodoro, siempre tuvo mucha musicalidad: géneros, bandas, solistas, etc. Mucha diversidad. Hoy por hoy, los lugares para tocar son cervecerías y pubs. Hay diversas capacidades. Pero hay variedad, en Zona Sur, Norte, en un momento difícil, como es la afectación de la pandemia. Hay mucho para compartir, en muchos sentidos, hay variedad y muy buenos músicos. Hay que apoyarlos y fomentarlos. Estaremos supeditados a ver cómo decanta este tiempo difícil en lo sanitario. Siempre, siempre, me gustaría que haya más incorporación de géneros, el heavy tiene que tener más espacios en eventos culturales oficiales.

 

 

Rock sinfónico 

 

*Por Javier González

Alto blues es una banda que viene trabajando hace unos cuantos años, y a la que me agregué a mitad de 2021, para realizar una función, productor artístico. Manejan dos repertorios, uno es el de covers, rock clásico, en castellano e inglés, material que se toca en el circuito de pubs. Y, el restante, todo material compuesto por Ignacio Stankewits, ahí entro de lleno. Estamos grabando desde agosto 2021, en modo pandemia, se grabaron las guitarras y voces en un lugar; las baterías en otro, y la mezcla y masterización es la función en la que entro en escena.

Hemos trabajado a través de plataformas, se mezcla por separado, sin entrar en contacto, produjimos tres temas, desde agosto, en calidad estudio. Es un trabajo muy interesante, ya que el planteo de cada obra es diferente, muy variado. Ignacio es un músico muy versátil, con influencias que van por una búsqueda de sonoridades y ritmos, que muchas veces sale de lo standart. Entonces, mi trabajo tiene que ver con un aporte, que es lo que solicita la creación, contribuyo con unos teclados, aportando pianos, bandoneón, violines, entre otros. Muchas veces por no tener, ellos esos instrumentos, también se suma al aporte de Hugo Pérez Ruiz. Esa es mi tarea. Lo técnico y musical.

La banda en su cuestión más creativa tiene una orientación hacia el rock sinfónico, de los 70 y 80; las letras tienen mucho que ver con las cuestiones que nos ocurren, desde un costado simbólico.

 

(*) Músico, ex profesor de la Escuela de Arte, productor, editor de sonido.

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