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Juan Falú, sobre la guitarra y la cultura

En la 27.° edición del Festival Guitarras del Mundo conversamos con su creador y director artístico.
lunes 15 de noviembre de 2021
Juan Falú, sobre la guitarra y la cultura

Desde las primeras notas en la guitarra en su Tucumán natal, Juan Falú no dejó nunca de ahondar en la expresividad de su instrumento. A lo largo de su carrera de músico recorrió escenarios de todos los continentes dando a conocer la riqueza de la música popular de nuestro país. Pero su compromiso, a la vez político y cultural, lo llevó mucho más allá: en el ámbito de la docencia y la formación de nuevos artistas participó de la creación de la primera Carrera Superior de Folclore y Tango, en la ciudad de Buenos Aires, y también de la Licenciatura en Música Argentina en la Universidad Nacional de San Martín.

Además, es el gestor de numerosos proyectos culturales y el generador de nuevas escenas para música argentina, en particular para el arte guitarrístico. Entre estos proyectos se destaca, sin dudas, el Festival de Guitarras del Mundo, que creó y dirige desde 1995. Sobre este encuentro único en su tipo, que reúne a grandes personalidades del panorama musical internacional, y también sobre su inextinguible pasión por la guitarra Juan Falú habla en esta entrevista.

 

Si bien usted en la actualidad tiene roles diversos relacionados con la promoción y el desarrollo de la cultura de nuestro país, es inevitable no identificarlo ante todo con el arte de la guitarra. ¿Su relación con el instrumento fue cambiando con el tiempo? ¿Hay cada tanto un redescubrimiento en ese vínculo?

Bueno, en realidad, es todo un halago que su primera pregunta gire en torno a mi condición de guitarrista porque siempre tuve una tensión interna frente a la mirada del afuera. En el sentido de considerarme como una especie de gestor cultural y al mismo tiempo como un músico. Y en esa tensión, yo estoy mucho más cerca de la identidad del músico.

Mi relación con la guitarra ya lleva seis décadas, seguramente. Y fue una relación que no cambió, en un sentido, en el sentido de lo profundo del vínculo. Podría definirlo como un vínculo amoroso y necesario. Necesario, inclusive, para mi estar en el mundo. Pero también hay un costado dinámico en ese vínculo que permite hablar de ciertos cambios. A mí me parece que el cambio principal tiene que ver con el hecho de que la guitarra permite no solo interpretar música, sino que lo interpreta a uno mismo. O sea, la guitarra da cuenta de quién es uno, por el modo en el que uno la va tocando, va aprovechando sus recursos y va mostrando su propio camino; que incluye maduraciones, dudas, certezas, nuevas ideas. Yo no soy el tipo de músico que está ahí investigando sobre el instrumento para descubrir nuevas facetas o aprovechar nuevos recursos. Yo más bien me dejo estar, dejo que fluya una idea y la guitarra está ahí para interpretarlas. Es una relación, en ese sentido, muy distendida. A veces lúdica y a veces muy marcada por la melancolía. Creo que la guitarra muestra eso y para mí es suficiente.

 

“Son guitarras que tienen impresas unas huellas de identidad, un modo de ser, un modo de ser tocadas, un modo de sonar, y eso es hermosísimo. Da gusto escuchar el modo de sonar de las guitarras en nuestro continente”.

 

Su abordaje de la música popular argentina desde la guitarra amplió mucho el horizonte de posibilidades expresivas en ese ámbito. ¿Cómo ve el hecho de que nuevas generaciones de guitarristas lo hayan tenido y lo tengan como a un referente?

Sentirse un referente es extraño. Es extraño porque uno siempre piensa que tiene que revalidar ese título. Y en esa revalidación aparecen las propias dudas sobre lo hecho y lo que se podría hacer hecho. Pero de todos modos, soy consciente de que hay una influencia. No sé en qué generación exactamente. Yo diría que en la generación más parecida a la de mis hijos, guitarristas que están entre los 40 o 45 años. Y lo siento, a veces me veo a mí mismo escuchando cómo se usa el instrumento, obviamente dentro del lenguaje folclórico. Y cuando digo folclórico estoy hablando de música y no solamente de un enfoque tradicionalista de la música. Creo que ya en los más jóvenes, la cuestión hay que encuadrarla en las nuevas vías del conocimiento. La virtualidad, la digitalización, internet, están generando modos de aprendizaje e incorporación del conocimiento que, me parece, terminan multiplicando ese abanico de referencias, porque están a la mano. Me cuesta identificar esos nuevos caminos, y dónde estoy situado yo. No queda otra que conformarse con el camino realizado, pero en un buen sentido. No en un sentido de resignación, sino de reconocimiento de lo caminado.

 

La guitarra es tal vez el instrumento más popular en buena parte del mundo ¿Qué representa desde su punto de vista en la cultura musical latinoamericana?

Efectivamente la guitarra es un símbolo fuerte en las culturas latinoamericanas. Creo que en Argentina es particularmente fuerte, pero tal vez esa definición sea un tanto subjetiva. Pensar en la guitarra en Uruguay es conmovedora, en el Brasil, la guitarra en Perú. Hay lugares en el continente en los que la guitarra tiene un gran peso pero también hay otros instrumentos que también lo tienen a la hora de elegir símbolos musicales de su cultura; como el cuatro venezolano o el arpa en el Paraguay. Pero aún en esos países la guitarra florece y está muy incorporada.

Son guitarras que tienen impresas unas huellas de identidad, un modo de ser, un modo de ser tocadas, un modo de sonar, y eso es hermosísimo. Da gusto escuchar el modo de sonar de las guitarras en nuestro continente. Y creo que una de las consignas a veces no muy explicitada pero que está siempre presente en Guitarras del Mundo es tratar de convocar esas guitarras con esas huellas.

 

A 27 años de su creación, el Festival de Guitarras del Mundo es un evento siempre esperado por el público. ¿Actualmente cuál es su marca distintiva si se lo compara con otros festivales internacionales dedicados a la guitarra?

Esa convocatoria de guitarras que son fieles representantes de huellas, de culturas, es una de las características del festival y uno de los rasgos distintivos. El otro es la territorialidad, que se puede traducir como federalismo en nuestro país. No debe haber muchos festivales en el mundo que sucedan simultáneamente en todo el territorio nacional del país que lo organiza. Eso para nosotros es todo un sello y un orgullo también. La otra marca que yo consideraría también es el modelo de cogestión Estado-sindicato, al que se vienen sumando medios públicos como la televisión y la radio. Me parece que eso tiene que ser considerado y de alguna manera reproducido. Es una fórmula interesante para pensarla en función de las políticas culturales.

 

¿Qué es lo más rico de ese encuentro entre diversas tradiciones culturales que nos llegan desde distintos rincones del mundo?

Lo más rico es lo que tiene que ver con esa diversidad de lenguajes, de generaciones, de intérpretes. De una horizontalidad que se pone de manifiesto de manera natural entre quienes tocan. Y también la posibilidad de que los encuentros musicales ocurran de manera informal fuera de los escenarios. Entonces se produce un ida y vuelta que a lo largo de 27 años ha incidido en la formación de vínculos, de influencias. Ese ir y venir de experiencias de más de mil guitarristas que fueron los que tocaron en todo este tiempo.

 

Esta experiencia de trasladar eventos culturales del espacio físico al virtual, algo a lo que obligó la pandemia, ¿le abrió nuevas posibilidades al festival?

La virtualidad nos llegó por necesidad, pero no solo por la pandemia sino por el avance en las nuevas tecnologías de la comunicación. En ese sentido estamos abiertos pero cada cual se incluye en este nuevo modo, seguramente, desde sus perspectivas generacionales. Para los guitarristas más jóvenes es absolutamente natural, manejan las herramientas, pueden producir ellos mismos una presentación virtual. Y para alguien como yo primero es necesario incorporarlas, dirimirlas internamente y después pedir ayuda para salir airoso. La edición virtual del 2020 fue muy buena porque, a pesar de la no presencialidad, hubo mucha carga emocional en las interpretaciones. Tal vez esto fue porque había un deseo enorme de tocar y participar del modo que fuera. La pandemia generó una angustia colectiva muy fuerte.

 

En esta edición 2021 del Festival de Guitarras del Mundo, ¿con qué propuestas se va a encontrar el público?

A veces uno puede prever las propuestas que van a ir llegando y otras veces uno se sorprende porque la programación es amplia y no siempre hay una anticipación de los repertorios. Yo desde la dirección artística no pido un repertorio ni planteamos ningún tipo de condicionamiento. Lo dejamos librado a las decisiones de cada guitarrista. Es una caja de sorpresas. Este año, por ejemplo, apareció la presencia de guitarristas muy jóvenes haciendo jazz. Eso es interesante porque revela un mundo musical que está en pleno crecimiento en nuestro país, comparando con lo que está ocurriendo con la guitarra en el folclore, el tango o la clásica, que ya tiene muchas décadas. Es más conocido ese terreno, en cambio lo que está ocurriendo con el jazz no está totalmente visualizado y para mí es una actividad fecunda.

 

Una vez en marcha el festival ¿se puede sentar a disfrutarlo o ya está trabajando en el próximo?

No es que me ponga a trabajar en la próxima edición pero siempre hay una re comunicación con los guitarristas que termina generando una especie de archivo de nombres que deben ser considerados por la importancia que le damos a su participación, y también por sus ganas de participar. Eso está siempre en movimiento pero no puedo decir que me ponga a trabajar en la próxima edición porque hay un equipo de trabajadoras y trabajadores que se cargan al hombro la coordinación, la producción, está en todos los detalles, y esto tengo que mencionarlo.

Cultura.gob.ar

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