2026-07-04

Estudiar, trabajar y dar el tiempo al otro: la vida de Alejandra Carrasco, la voluntaria independiente de Comodoro

Próxima a recibirse de bioquímica, auxiliar docente e investigadora, divide sus días entre las aulas universitarias y las realidades más complejas de los barrios. Sin estructuras políticas ni financiamiento institucional, se transformó en un nexo transparente que asiste a decenas de merenderos y escuelas de la ciudad, demostrando que para cambiar realidades solo se necesitan ganas y "cinco minutos" de empatía.

En un contexto donde la realidad económica golpea con fuerza y las necesidades se multiplican, existen personas que deciden no mirar hacia el otro lado. Alejandra Carrasco es una de ellas. En las redes sociales se la conoce simplemente como "Voluntaria Independiente" —sin banderas políticas, fundaciones ni estructuras jurídicas detrás—, su nombre es sinónimo de asistencia y contención en decenas de merenderos, escuelas y hospitales de Comodoro Rivadavia, y ahora, también en el interior provincial.

Próxima a recibirse de bioquímica, auxiliar docente en dos cátedras universitarias e investigadora, Alejandra reparte sus horas entre los tubos de ensayo, las aulas y el trabajo de campo en los sectores más vulnerables. "Soy una ciudadana común", se define con una sencillez que desarma. "No soy una agrupación, soy yo en mi casa con mi familia que, cuando puedo, voy y hago".

El nacimiento de un puente

El camino de Alejandra en el voluntariado formal comenzó entre 2018 y 2019 dentro de la Fundación Sí. La llegada de la pandemia en 2020 intensificó su labor, pero el regreso a la semipresencialidad en 2021 trajo consigo un dilema: la rigidez de las estructuras institucionales chocaba con su necesidad de responder de forma inmediata y flexible a las demandas de la gente.

"Ellos tienen una forma de trabajo y yo por ahí tenía otra. Me llamaban directamente a mí y llegó un punto en que o me amoldaba y no ayudaba al resto, o empezaba a caminar sola", relata Alejandra sobre el quiebre que la llevó a independizarse.

La incertidumbre de la autonomía se disipó rápidamente con lo que ella misma define como "una señal": "Me planteaba si seguir o no, si dejar todo. Justo una chica me escribe y me dice: 'Tengo una bañera de bebé, ¿te sirve?'. No sabía qué responderle. Al rato, pero no te miento, me llega un mensaje de otra persona: 'Ale, necesitamos una bañera de bebé'. Dije: 'Vamos, es por acá'. Era la señal".

Desde aquel momento, la red no paró de crecer. Lo que comenzó como un acompañamiento a 10 u 11 merenderos que ya conocía, hoy se transformó en un movimiento incalculable. "Ya perdí la cuenta", confiesa. Su labor actual incluye desde charlas en escuelas hasta el tejido de redes solidarias para llegar a comunas rurales del interior de Chubut como Lagunita Salada o Gorro Frigio.

La política de la transparencia: no tocar dinero

En un ámbito donde muchas veces sobrevuela la desconfianza, Alejandra mantiene una regla inquebrantable que ha sido el pilar de su legitimidad: no manejar dinero bajo ninguna circunstancia.

"Cuando me ofrecen, trato de no publicar nada que implique plata. Yo no voy a tocar dinero porque eso ya genera un ruido", explica firmemente. Su rol es estrictamente el de un nexo transparente. "Si alguien quiere pagarle la factura del gas a una familia, yo hago el nexo con esa persona y se la pagás directamente. Si se necesitan alimentos o ropa, se recibe eso. De esa forma, el trabajo es totalmente independiente de lo político, de asociaciones o fundaciones".

Esa transparencia le ha permitido articular grandes eventos sin presupuesto, basándose únicamente en la confianza de la comunidad. Un ejemplo fue el festejo del Día de la Madre que organizó en el barrio San Cayetano (ex sector 2008): un bingo completamente gratuito donde diversas instituciones y jóvenes ayudaron a cuidar a los niños, vecinos donaron regalos y se entregaron más de 40 cajas de alimentos para que las madres disfrutaran de una tarde de música, baile y dignidad.

El valor de "los cinco minutos" y los cuadraditos de amor

Frente a la crisis actual, donde las donaciones de alimentos han mermado porque a los propios vecinos les cuesta llegar a fin de mes, Alejandra resignifica el concepto de la ayuda. Para ella, la solidaridad no se mide en grandes sumas, sino en la voluntad de involucrarse.

"La gente me dice: '¿Qué tengo que hacer? No tenemos todo'. Y yo les pregunto: '¿Ustedes saben hacer algo? ¿Pueden enseñar a cocinar? ¿Podemos ayudar a clasificar, a limpiar la ropa, a coser?'". Así nació el año pasado una exitosa campaña invernal de mantas. Alejandra pidió a los vecinos retazos de tela o lana de 20 por 20 centímetros. Llevó la propuesta a las escuelas —donde los chicos aplicaban conceptos matemáticos mientras cortaban los moldes— y luego un grupo de costureras solidarias del CEREC y colaboradoras particulares unieron las piezas. El resultado: más de 200 mantas confeccionadas a partir de lo que iba a ser descartado, distribuidas en los merenderos de la ciudad.

En sintonía con esto, derriba el mito de que "lo poco no sirve", una trampa en la que suelen caer quienes desean colaborar pero se inhiben por no contar con grandes volúmenes. "Así sea una bolsa de azúcar o un kilo de harina, para un merendero es un montón. Capaz que con seis kilos de harina hacen tortas fritas para todos los chicos apenas salen de jugar. Una sola leche vale".

La infancia como bandera

Al ser consultada sobre las vivencias que más la han marcado en estos años de recorrida por los sectores más postergados de Comodoro, los ojos de Alejandra se llenan de una profunda emoción que remite directamente a su rol de madre.

"A mí ver a un nene de la edad de mi hijo, que en ese momento tendría tres añitos, bajando de un cerro descalzo, con el frío que hacía, y que vos le entregues su bolsita, el nene te diga gracias y te sonría... yo me volví llorando ese día", recuerda conmovida.

Para ella, la infancia no entiende de contextos ni de las decisiones de los adultos, y el objetivo final de sus caminatas es devolverles un piso mínimo de igualdad: "Los adultos somos responsables de las decisiones que tomamos, pero los niños no tienen la culpa. Ellos te sonríen igual y se merecen tener una oportunidad y creer. Hace mucho vi a una nena en una plaza jugando con mi hija, y cuando le miré los pies, tenía puestas unas zapatillas que mi hija había donado, que eran de un color chillón imposible de confundir. Y yo dije: 'Ves, son iguales'. Se merecen las mismas condiciones. Un litro de leche es muchísimo, porque ese nene va a tener su tacita de leche a la tarde. El llamado a ayudar está; solo hay que accionar".

Alejandra Carrasco demuestra, semana tras semana, que no se necesitan grandes estructuras ni presupuestos millonarios para transformar el entorno. Se necesita, fundamentalmente, lo que ella ofrece de forma desinteresada: la oreja para escuchar, el tiempo para organizar y el corazón dispuesto a ser el puente entre los que quieren dar y los que necesitan recibir.

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