Testigos: las intrigantes "luces fantasmas"
Por Carlos Parodi (*)
Muchas veces la noción de realidad, entendida como la sucesión de hechos, instantes y de contactos con objetos físicos, también propone un espacio residual de sustancias de naturaleza anómala.
Y un derrotero por esa siempre frágil senda nos señala que a través de los tiempos han existido registros acerca de esas misteriosas “Luces Fantasmas” que de algún modo también acompañaron el devenir humano.
En un principio, vinculadas a creencias y supersticiones que sedimentaron en el imaginario cultural de antiguas civilizaciones, estas figuras tan resplandecientes como volátiles se han enraizado en el folklore de diversas regiones del mundo.
Por ejemplo, en las tradiciones galesas se identificaba como “Fuego Fatuo” a aquellas extrañas luminiscencias que acompañaban a los campesinos durante sus trayectos nocturnos y que eran vinculadas a espíritus que acaso como guías celestiales, señalaban el camino de regreso a sus campiñas.
Diversos relatos medievales provenientes de las costumbres rurales de Alemania, España y Francia daban cuenta de un luctuoso recorrido que partía desde la casa del moribundo hasta el camposanto y que era seguido de cerca por estas evanescentes luces fantasmales.
Ante la repentina aparición del fenómeno, los representantes del clero las negaban, los místicos las vinculaban a ángeles de luz y los grupos herméticos se referían a ellas como a entes malignos que deseaban poseer el alma del recién fallecido. Y también lo singular era que la intensidad de esas luces enigmáticas cambiaba de color, en sintonía con el perfil del difunto de turno.
En tal sentido, en regiones campestres de la vieja Inglaterra, los asesinos que iban rumbo a la horca iban seguidos por misteriosas luces que dejaban a un lado su brillo blanquecino y se opacaban hacia un tono espectral.
Con base en esas creencias, muchos supersticiosos también inferían que esas luces fantasmales que orillaban por los campos desolados, podían señalar la ubicación de un cofre enterrado, por lo cual las denominaban “Luces de la Abundancia”. Existen registros en la milenaria China de luces fantasmales que aparecían en arrozales o alrededor de árboles sagrados y de bosques e incluso que eran producto del fugaz rastro de seres de procedencia ultraterrena.
Los nativos primigenios de las islas Hawai llamaban “Akualele” a esas luces que bordeaban sus paradisíacas costas.
Eran veneradas como a “dioses voladores” que emergían de las aguas durante las noches. También las relacionaban a los espectros de pescadores fallecidos en alta mar y que gracias a esa misericordiosa luz les advertían acerca de las mareas.
Pero lo cierto es que a comienzos del siglo XIX y muy lejos de interpretaciones sobrenaturales, equipos de geólogos norteamericanos determinaron que en la mencionada región esas vaporosas luces fantasmas avistadas por los primigenios habitantes de las islas, eran producto de la actividad volcánica característica del territorio.
Luces espectrales en aviones, desiertos y montañas A mediados del siglo XX fueron bautizadas con el nombre de “Orbes” por los pilotos de aeronaves de la Segunda Guerra Mundial, quienes las observaban entre las nubes y muchas veces en el interior de las cabinas, provocando alucinaciones y la pérdida del sentido de orientación en pleno vuelo.
Más recientemente, los habitantes del sureste de Texas, en Estados Unidos, hacen referencia a la “Luz fantasma de Saratoga” ubicada en una ruta llamada sugestivamente “Ghost Road”. Cuentan que se trata de una inmensa bola de luz blanca que oscila al color ámbar y que aterra a los testigos nocturnos cuando aparece a la vera de los caminos rurales.
En este territorio, los menos supersticiosos señalan que dichas luces fantasmas son causadas por el gas que desprenden los pantanos de la región, en tanto los topógrafos hablan del efecto provocado por la bioluminiscencia.
Pero gran parte de la comunidad texana elige creer en la trágica historia sobrenatural de un malogrado operador ferroviario que murió decapitado hace años y cuyo espíritu blanquecino deambularía entre los pastizales que cubren las vías de un ramal abandonado…
AFRICA Y LOS “AKUS”
LA VIVENCIA DE UNA INVESTIGADORA INGLESA
La experiencia sobrenatural de una antropóloga inglesa es todo un ejemplo, que vale la pena mencionar, a un lustro de terminar el siglo XIX.
Más precisamente, corría el año 1895 y la notable antropóloga inglesa Mary Kingsley (1862-1900), una adelantada precursora desde el plano estrictamente femenino de la evolución, había sido enviada al África por el Museo Británico para realizar un trabajo de etnografía en el lago “Nkomi”.
Conocida por su espíritu inquieto y explorador, esta investigadora fue también una activista en favor de los derechos de los nativos africanos, con quienes convivió un muy buen tiempo.
Sin embargo, al vivir la investigadora una extraña experiencia sobrenatural, se vulneró decididamente la formación académica que tenía esta pujante mujer, de mente más abierta que sus pares de la época. Por eso mismo, al regresar a su tierra natal, Inglaterra, consignó en uno de sus interesantes escritos de sus vivencias en el continente negro: “Al salir del bosque ví una esfera color violeta del tamaño de una naranja que sobrevoló frente a mí, de aquí para allá. Minutos después, otra luz de color similar salió por detrás del follaje de la vegetación y flotó por la orilla del lago, haciendo círculos.
Pensé que se trataba de un insecto desconocido, pero cuando me acerqué a mirarlas más de cerca, una luz desapareció entre los matorrales y la otra se sumergió en las profundidades del lago. Por eso mismo, cuando me decidí a interrogar a los nativos de la zoba acerca de la posible naturaleza de aquellas luces fantasmas, ellos me dijeron que los conocían muy bien y desde hacía mucho, ya que se trataban de los que ellos llamaban demonios de la selva, a los cuales esos aborígenes denominaban “Akus”..."
(*) Investigador paranormal y ufológico