2026-09-27

La Rinconada: De tambo pionero en 1930 al primer aceite de oliva centenario de Comodoro

Ubicada entre los cerros Chenque y Viteau, guarda casi un siglo de la historia productiva de Comodoro Rivadavia. A través del testimonio de Leticia Oliván, el informe recorre el legado de su abuelo José Güil —quien llegó de España en 1920 y fundó el recordado “Tambo del 99”— y el trabajo de su bisabuelo Diego Piñero Molina, pionero en plantar los olivos que hoy, casi cien años después, dieron origen al primer aceite de oliva virgen extra de la ciudad.

Entre la imponencia pétrea del cerro Chenque y la silueta firme del cerro Viteau, a espaldas de la estación de servicio ubicada sobre la ruta nacional número 3 camino al centro de la ciudad, el tiempo en Comodoro Rivadavia parece haber guardado un refugio de aire antiguo y dignidad intacta.

Allí, donde la urbe costera apresura su pulso cotidiano, resiste La Nueva Rinconada, un rincón fundacional moldeado por la cultura del trabajo, la inmigración con mayúsculas y un amor entrañable por la tierra.

 

Leticia Olivan guarda con mucho cariño cada parte de la historia (Foto: José Guerreiro)

Leticia Oliván, nieta mayor de aquel pionero aragonés, abrió las puertas a Crónica de este espacio entrañable —hoy transformado en un museo familiar latente— para desandar las huellas de su estirpe. Escuchar a Leticia es emprender un viaje hacia el Comodoro de las torres petroleras de madera sobre el mar y los arreos silenciosos, donde la memoria de sus abuelos, José Güil (o Güell) y Adoración Piñero, recobra vida en cada objeto conservado.

 

Del Pirineo Aragonés a la Pampa Patagónica: La Llegada de José Güil

La odisea familiar comenzó en 1920. José Güil, un joven procedente de Villarrué, en el Pirineo Aragonés (Comunidad de Aragón), abordó en el puerto de Málaga el buque Infante Isabel de Borbón con destino al Atlántico Sur. Tras descender en Buenos Aires, su primer testimonio de esfuerzo en el suelo argentino lo dejó a fuerza de brazo, "a pico y pala", en el tendido de las vías férreas que unían Valcheta con Giacobassi.

Ese mismo año de 1920, la marea del progreso lo condujo a Comodoro Rivadavia. Se empleó en el campamento de Astra, trabajando en las históricas torres petroleras de madera. Pocos años después, el destino lo llevaría a asentarse cerca de la costa, en la icónica "Playa del 99" (en la zona de Stella Maris), bautizada así por aquel célebre pozo petrolero con torres erigidas sobre el agua que vendió gas durante décadas y que convocaba a los vecinos mucho antes de la expansión de Rada Tilly.

Allí, en 1928, José fundó el recordado Tambo del 99. No obstante, en 1930 dio el paso definitivo: compró la propiedad de La Rinconada a los hermanos Félix y Anacleto López entre el Chenque y el Viteau. En los viejos libros de la familia aún reposan las escrituras de compraventa y los duplicados en espejo de los registros de marcas que jamás hicieron falta aplicar en la piel de los animales, pues en aquel Comodoro pionero los campos no necesitaban fronteras para saber de quién era cada hacienda.

 

Vuelos de Leyenda y Banderas de Lino

En 1934, José Güil contrajo matrimonio con Adoración Piñero. La anécdota de su viaje de bodas parece extraída de una novela de aventuras: la pareja viajó a Buenos Aires a bordo de un pequeño avión piloteado por el legendario aviador Próspero Palazzo, fundador de la Aeroposta Patagónica, que surcaba los cielos junto a entrañables camaradas como Antoine de Saint-Exupéry, el célebre autor de El Principito.

 

“Mi abuela contaba que, para que la avioneta no se moviera con el viento patagónico, la ataban firme al piso antes de despegar. Fueron volando con Palazzo hasta Buenos Aires y se fotografiaron frente a la Casa Rosada y la Pirámide de Mayo”, evoca Leticia con emoción.

 

Pese a sus raíces españolas, José profesaba un profundo e inquebrantable agradecimiento hacia la Argentina. Cada fecha patria, en un mástil erigido en el predio, flameaba una inmensa bandera de lino traída del pasado que la familia conserva como un tesoro sagrado.

 

Los Olivos del Bisabuelo: El Milagro del Aceite Extra Virgen

Si la lechería le dio sustento a la ciudad a través de la impecable labor de los tíos de Leticia —Rafael y Diego Güil, lecheros recordados por su pulcritud intachable y camisas de hilo siempre planchadas—, la tierra de La Rinconada guardaba otro milagro silencioso.

Los olivos que hoy erigen sus copas verdes detrás de Eureka fueron plantados por el bisabuelo de Leticia, Diego María Piñero Molina, oriundo de Cantoria (Almería, España). Tras haber dejado Europa y haber permanecido nueve meses en un cafetal de Brasil en 1924, Diego y su familia arribaron a la Patagonia huyendo de las epidemias del norte. En el cañadón de La Rinconada, Piñero Molina creyó reconocer la calidez y el abrigo de su tierra natal. Sembró las semillas que traía consigo —quizás brotadas de carozos, quizás de pequeños esquejes traídos en el barco— sin imaginar que casi un siglo después darían origen a un hito agrícola local.

En mayo de 2026, lo que comenzó como una simple conversación en un puesto de seguridad alimentaria municipal durante el Festín de Sabores se transformó en un hallazgo histórico. Técnicos e ingenieros agrónomos visitaron el predio, recolectaron las aceitunas de estos ejemplares de entre 90 y 100 años y las procesaron en la almazara comunitaria traída desde Italia.

 

Leticia posa con la primera botella de aceite de oliva a partir de los olivos centenarios plantados por su bisabuelo.

 

El resultado fue una revelación: los olivos centenarios del bisabuelo Diego permitieron extraer un aceite de oliva virgen extra de calidad excepcional, cerrado en pequeñas botellas que condensan el esfuerzo de cuatro generaciones.

 

El cartel de entrada y una historia especial

Leticia repasa y cuenta la historia con detalles que asombran. Cada rincón de la casa antigua conserva un pedazo de historia familiar y de Comodoro Rivadavia. Cada recuerdo es atesorado con mucho amor.

Al ingresar al predio por un camino que tiene banderitas celestes y blancas, cada planta y árbol tiene una decoración especial, pero al atravesar la tranquera es inevitable mirar el cartel de madera con la inscripción: La Rinconada.

 

El cartel de La Rinconada, en el ingreso al predio, está hecho con piezas encontradas en el taller. 

 

Patricia fue una de las encargadas y Leticia comparte la historia con lujo de detalles. "Se comenzó a gestar cuando limpiaban el taller de Rafael junto a su hermano Diego. Patricia le pidió a Catherina que junten tuercas, bulones y distintas piezas. La idea era que perdure en el tiempo la pasión que tenía mi papá por el lugar. Con cada objeto se armó el cartel, y limpiando el patio de atrás encontraron una puerta antigua y comenzaron a montar el cartel que tiene un pedacito del taller y de nuestra historia", recordó Leticia.

Y la responsable de terminar de decorar el cartel fue Silvia, quien, además del nombre, abajo tiene una vaca con piezas que encontraron en la casa y el taller. Está armado todo con bulones, tuercas y repuestos que representan el hobby, la pasión y la mecánica. La vaca está situada entre los cerros, y al fondo hay un engranaje. Ese engranaje indica la fuerza y el sitio donde el viento castiga y a veces acaricia. La vaca está rodeada por flores que representan el jardín de la abuela Dora", explican, dando a entender que nada está librado al azar. 

 

 

 

 

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