NUNCA ES TARDE PARA APRENDER
Una lección de perseverancia: La inspiradora historia de Jorge, quien a sus 63 años está por terminar la secundaria
Una de las historias más conmovedoras en el marco de la Muestra EduCo es la de Jorge, quien, tras enfrentar numerosos obstáculos a lo largo de su vida, vivió ciclos de encuentro y desencuentro con la educación. Hoy, a sus 63 años, Jorge está en el camino de completar la secundaria, demostrando de manera ejemplar que nunca es tarde para seguir aprendiendo.
Jorge Naldo Fernández, oriundo de Mar del Plata, comenzó su camino educativo a sus seis años, como la mayoría de los niños y niñas, en una época en la que enfrentó desafíos que van más allá de los libros de texto. “Vengo de una familia muy pobre, en Mar de Plata y resulta que allá por 1966, a los 6 años yo era un niño muy valiente, por así decir, y cuando veía que los chicos de séptimo grado se abusaban de los niños de 6 años, yo no lo podía soportar, así que atacaba a los chicos quitándole las bolillas que nos robaban y las devolvía a sus dueños, pero yo no me he dado cuenta que eso no se debía hacer no se debería actuar así”, compartió Jorge a Crónica.
Sin embargo, sus acciones no eran comprendidas ni bien recibidas. “Las maestras de aquella época era muy firmes y me sacaban de la lucha arrancándome de los pelos”, explicó. “También usaban el puntero para pegarte en la mano”. La directora, conocida por su temperamento colérico, lo echaba con frecuencia. “Me decía: 'Tome sus útiles y se me va, no vuelva en todo el año'”. Así, Jorge pasó desde los seis hasta los doce años en primer grado, siendo expulsado repetidamente por su actitud combativa, a la que él veía como justicia, mientras que los demás lo consideraban problemático.
“En Mar de Plata no pude terminar la primaria porque estuve de los 6 años hasta los 12 años en primer grado, porque cada año iba a primer, por eso todos los años me echaban. Yo decía que era el justiciero, el defensor y ellos decían que era el malvado, pero al verdadero malvado nunca lo miraban y eso yo lo tomaba como una injusticia”, explicó Jorge.
La situación parecía inmodificable hasta que sus padres, trabajadores informales o “changarines” en palabras de Jorge, lograron que una vecina le brindara clases particulares. Con estos esfuerzos, Jorge pudo avanzar a segundo grado a los 13 años y a tercero a los 14. Sin embargo, comenzó a trabajar en talleres de chapa y pintura a los nueve años, y la necesidad de trabajar impidió que continuara su educación. “Los patrones no querían que fuera a la escuela porque decían que me necesitaban”, relata. Durante diez años, Jorge vivió en el taller, durmiendo entre autos y recibiendo un salario mínimo y simbólico.
“Yo quería ir a la escuela, pero no me dejaban. Estuve en un taller prácticamente encerrado, dormía en los coches en la chapa pelada, mi mameluco era mi único defensor. Pasaron 10 años dentro del taller y cada dos años me mandaban a mi casa para que vea a mis padres con unos pocos pesos, que eran solo de apariencia. De grande, me di cuenta de toda la vida que llevé, con muchas injusticias”, lamentó.
A los 28 años, Jorge se mudó a Comodoro Rivadavia, acompañando a amigos que buscaban “salvarse” del servicio militar. La ciudad le agradó tanto que decidió quedarse y buscar una nueva vida. “Lo primero que hice fue anotarme en la escuela 13, en el José Fuchs”, recuerda. Allí completó la primaria a los 31 años y luego se inscribió en el Colegio Domingo Savio para orientarse como maestro mayor de obra. A pesar de no tener experiencia en dibujo, enfrentó desafíos: “El profesor me rechazó 50 dibujos y bajé los brazos”, dijo y agregó: “En ese momento cerré los ojos, pero cuando los abrí, ya habían pasado 20 años”.
Fue así que a sus 55 años, volvió a intentar nuevamente y comenzó a estudiar en el Colegio Perito Moreno. Los desafíos económicos y laborales, incluyendo períodos de falta de trabajo y largas caminatas en busca de empleo, eran interminables y en este periodo de su vida, Jorge abandonó varias veces más la escuela. “Caminaba 6, 8 horas pidiendo trabajo o yendo a la escuela y volvía a casa sin comer”, recordó.
Hasta que hace muy pocos años, logró conseguir un empleo estable en Rada Tilly. “El hombre para el que trabajo es muy bueno”, dijo con emoción y la voz entrecortada. “Nunca me hace faltar dinero y hace dos años que estoy construyendo una casa de dos pisos. Ahora soy contratista y he podido retomar la escuela”.
Hoy, a los 63 años, Jorge está en el tercer módulo de la secundaria, lo que equivaldría al quinto año de secundaria. “El año que viene tengo que terminar”, afirmó con orgullo. Su historia de vida, perseverancia y valentía frente a las adversidades, permitió que estuviera presente en la muestra EduCO, en el sector del “Café literario”, leyendo frente a tantos presentes, un poema de autoría propia, titulado “"El Niño y la maestra".
El Niño y La Maestra
Era yo un niño de seis años, con pasos pequeños y grandes sueños. En primer grado los días eran claros hasta que llegaron los del séptimo, robándonos las bolillas, quitándonos el juego. Mi corazón joven, rebelde y sincero no toleraba la injusticia ni el miedo; luchaba con bravura recuperando lo perdido, devolviendo cada bolilla con un gesto decidido. Pero las maestras y la directora no veían mi intención ni mi gloria; me echaban del colegio, un ciclo que se repetía, años tras años, sin tregua ni guia.
Así pasaron los años, a los 13 en segundo me encontraba, a los 14 en tercero caminaba. Pero fue entonces cuando ella llegó, una maestra que de verdad me amó. Con su amor, su paciencia, su bondad, fue la única que en mi vida dejó huellas. Una foto se tomó conmigo, un recuerdo, un tesoro, que guardo hoy 50 años después. El verdadero amor, ese que nace en lo más profundo, no se borra, no se va, queda siempre en un rincón del alma, como esta foto que en mis manos reposa.