El enigmático cadáver que “vivió” siete siglos
(Dr. Antonio Las Heras (*) alasheras@cronica.com.ar).
Através de la Historia de la Humanidad, ha ocurrido, tras el fallecimiento de algunas personas, un fenómeno que, como veremos, no puede explicarse mediante la suposición de que se habría operado un embalsamiento “natural” o que “la tierra donde fue enterrado contenía sustancias químicas en cantidad suficiente y bien proporcionadas para producir un endurecimiento del cuerpo”.
Aquí estamos tratando acontecimientos en los que los despojos mortales mantienen las características comunes a las que goza el cuerpo de un humano en vida. Elasticidad de piel, color y brillantez en los ojos y, en algunos casos, exudación a través de los poros de la piel. Salvo porque no hay respiración, ni late el corazón, analizando a simple vista de esos cadáveres, se diría que es gente que está durmiendo o en estado catatónico. Ni siquiera un caso de catalepsia podría asemejarse a éste. Más bien parecería tratarse de “una bella durmiente”.
Me ocuparé del caso del cadáver que “vivió” seis siglos. Y amenaza con “vivir” más... Los despojos mortales de Roselina (Roselina) de Villeneuve. Nacida en 1263 y fallecida el 17 de enero de 1329. Tenía, entonces, 66 años. Su cuerpo fue velado en el lugar de muerte, en el pueblo francés de Celle-Rouband. Desde la juventud no había conocido otra forma de vida que la del convento erguido allí. Muy apreciada por los pobladores, quienes desfilaron frente al féretro destapado mostrando el cuerpo brillante, cual si estuviera vivo. Siguiendo las tradiciones de entonces, pasaron varios días antes del entierro. Es que cada hora que transcurría, mayor era el asombro. El cuerpo no se descomponía. Ni siquiera las moscas se acercaban. Conservaba, una semana después, flexibilidad en la piel y los ojos brillantes, limpios. Ya sepultado en el pequeño cementerio local, las religiosas que, mañana tras mañana, se acercaban a rezar a la vera de la tumba, notaron que de las entrañas de la colina, justo donde yacía el féretro rústico de madera, surgía un exquisito perfume.
Cinco años y medio después después de enterrada, el cadáver se exhumó. Del cajón no había restos; el crucifijo, anillos y una cadena fueron rescatados. Las vestiduras no estaban. La humedad, la lluvia, los animales subterráneos que habitan la tierra misma, se encargaron de destruirlo todo. Todo menos el cuerpo de Rosalina. Que una vez quitadas las impurezas y el barro, lucía incorrupta. Las carnes frescas, intactas, flexibles.
Uno de los clérigos que participó se aproximó cauteloso, descreído. Había conocido a la difunta. Sabía que no era otro cadáver. Juntó fuerzas y ya muy cerca colocó su mano en la frente y levantó los párpados. Tres religiosas que habían limpiado el cuerpo con algodones y suaves géneros, saltaron y gritaron. ¡El clérigo había levantado los párpados inmunes a las inclemencias del tiempo y allí se veían los ojos hermosos, azules, vivos, que todos conocieron en Rosalina por 66 años que duró su vida! Hubo emoción, sorpresa y también trauma. Es que otro clérigo tomando un afilado cuchillo de plata, llegó hasta la cabeza yacente y con precisas incisiones extrajo ambos ojos y los colocó en una caja de metal. Los demás callaron. Algunos sostienen -no hay pruebas suficientes- que esa noche se desencadenó una gran tormenta.
Algunos árboles cayeron. Justo uno lo hizo sobre la tumba, ahora abierta y vacía, donde el cuerpo de Rosalina reposó por 5 años. El cadáver se acondicionó y se ubicó en la capilla de Celle-Rouband. En 1344 fue empotrado en unos de los altares, próximo al mayor. Luego fue a un sarcófago de vidrio para que todos los fieles pudieran ver el “milagro”.
En 1660, a 331 años de su partida, el Abate Arnaud visitó la Capilla de Celle-Rouband y contempló por sí mismo el cuerpo de la santa, junto al rey Luis XIV y su madre, Ana de Austria. El joven monarca le pidió a su médico, Antonio Vallot, analizar el cuerpo de la santa y para complacer al soberano, hundió una aguja en dos puntos de uno de los ojos. La pupila se marchitó y confirmó que los ojos eran naturales. El ojo dañado, desde entonces, brilló menos y conserva ambas perforaciones. Reaccionó como el de un ser vivo...
El 2 de junio de 1853 el cuerpo fue, una vez más, cambiando de ataúd. Esta vez se lo llevó a una caja de mármol. Quienes asistieron al traslado de Rosalina, ante una multitud, no podían creer, llorando y gritando, al comprobar su integridad y su incorruptibilidad. Habían pasado 506 años de la muerte. Mons. Michel, que al canzó a tocar el cadáver y no salía de su asombro encomendó a cuatro médicos la tarea de comprobar que, en efecto, el cuerpo estaba incorrupto. Ya en 1883 los ojos fueron cambiados de recipiente.
En 1894 el canónigo Besson comprobó, por primera vez en casi cinco siglos, que el cuerpo tenía leves descomposiciones. Entonces se terminó la espontánea incorruptibilidad del cadáver de Rosalina de Villeneuve y los enviados del Vaticano intervinieron artificialmente. Una cosa que, hasta entonces no había sido necesaria. Tras 565 años debió ser embalsamado. Hasta entonces, algo impedía la putrefacción, pasando primero por tierra y luego en distintos ataúdes. El 6 de julio de 1894 un nuevo féretro, cerrado, recibió los restos, ya embalsamados y tratados con sustancias químicas. Allí donde sigue estando. Para 1929, un informe de Pedro Sabatier explicó que las carnes se habían secado,y la piel del rostro lucía ennegrecida. Sin embargo en ningún momento brinda la impresión de estar frente a un cadáver, se parece más a una escultura. Y en 1951, el doctor Huber Larcher, tras observar minuciosamente aquel cadáver de 622 años, expresa que, más allá de lo hecho por los embalsamadores, la Ciencia no tiene una explicación para un hecho extraordinario.
Hoy, a 24 años del siglo XXI, ese cadáver sigue incorrupto, y venerado en la iglesia de Arcs en Provence, junto con el relicario y sus ojos. Su pleura, también incorrupta, está en el monasterio de la Gran Cartuja, en Saint-Pierre-de-Chartreuse (Isère, Francia).
(*) Doctor en Psicología Social, filósofo y escritor. Magister en Psicoanálisis. Pte. Asoc. Arg. Parapsicología y de la Asoc. Junguiana Argentina.