José Benito Delgado Ruiz: el diariero histórico que le ganó al viento y la nostalgia
Llegó a esta tierra cuando apenas tenía tres años, con el frío calándole la piel y el pecho apretado de nostalgia. Sus padres cruzaron desde Coyhaique buscando un horizonte nuevo, y Comodoro Rivadavia se convirtió en el escenario de toda su vida. Tenía apenas seis años y algo —en pleno 1962— cuando el oficio de diario le golpeó la puerta sin rodeos. No había espacio para especular: había que vender para ayudar a traer el pan a la mesa.
Recordar aquellos primeros pasos es evocar la estampa de su padre ingresando a la cooperativa para juntar cada peso y levantar esa casita soñado en La Paloma, un rincón que en su memoria sigue intacto con sus paredes de madera y la mítica despensa de fondo. Desde allí nacieron las primeras caminatas hacia la intersección de Ameghino y Alvear, el punto de partida de un viaje de más de sesenta años. "Yo comencé a los 6 años. En el 62 por ahí comencé a aprender el diario", rememora con nitidez José Benito Delgado Ruiz al mirar hacia atrás.
La historia de su vida se trazó con el desarraigo temprano y el sacrificio cotidiano: "Como mis viejos vinieron de Coyhaique, me trajeron ellos a los 3 años acá. Vine acá y acá hice toda mi vida y acá comencé. El primer trabajo fue vender diario para ayudarle a mis viejos porque recién habíamos llegado... para ayudarle para comer y todo lo otro".
Aquel esfuerzo familiar buscaba echar raíces definitivas en el suelo patagónico. "Después él entró a trabajar en la cooperativa, que antes era la usina en esos tiempos. Y ahí cuando comenzó, él trabajaba para tratar de comprarle una casita y la compramos en La Paloma... ABC madera, todo lo que era antes", relata sobre los cimientos de su infancia, desde donde salía a dar sus primeros pasos en el oficio hacia la tradicional esquina de Ameghino y Alvear.
La garita de La Paloma y las madrugadas a 170 kilómetros de viento
Vender diarios siendo un niño implicaba templar el carácter ante las inclemencias más duras del clima comodorense. "Yo vendía ahí en La Garita, que era en La Paloma. Yo salía de Crónica de ahí, que estaba ahí en Ameghino y Alem. Yo ahí a las 3 de la mañana comenzaba ahí también, como ahora", recuerda sobre las extensas jornadas bajo el frío extremo. "Y bueno, hacía viento, hacía frío, había escasez, había de todo... Hasta nieve. En ese tiempo nevaba, pero una vía bastante jodida para un pibe. Pasé un frío impresionante. Me habré dado golpe ahí en la segunda con los postes. Antes eran postes de madera, no como ahora... Cuando había esos vientos de 170, 180, para un diarero era muy jodido".
En esas madrugadas eternas, la solidaridad aparecía en los lugares menos pensados. "Yo pasaba a esa hora, como a las 3 de la mañana. En esos tiempos había plata, estaban los petroleros. Siempre había muchas mujeres y todo lo otro. Compraban el diario. En ellos estaban con 2 o 3 veces. Y ahí me compraban cuatro diarios. Hasta 10 a veces me compraban", evoca con gratitud hacia quienes le tendían una mano. De allí corría a subirse al recordado colectivo Blanco para ofrecer los ejemplares a los pasajeros y retornar a su puesto.
Golpes que desgarran el alma y el afecto de sus clientes
La vida de Pirincho estuvo marcada por el trabajo, pero también por tempestades que le calaron hondo. "Mi vida fue muy complicada porque después de eso, se me quemó la casa dos veces. La primera vez, no quedó nada", comparte. Sin embargo, las pérdidas materiales no se compararon con las ausencias físicas: "Sabe cuántas veces me derrumbé en mi vida... Cuando falleció mi señora. Cuando falleció mi hijo. O sea, yo no quería vivir... Es un dolor que tengo por dentro y que creo yo que lo voy a tener siempre. Algo muy grande". De su hijo guarda un orgullo imborrable: "Yo lo enseñé a lo que a mí me enseñaron, a no tocar nada, a ser bueno. Era un orgullo para mí, lo querían todos".
En medio del dolor, la calidez de su comunidad y su familia fue el pilar para sostenerse en pie. "Yo no me quejo de mis clientes de ahora porque me costó hacerlo. Una vez que me conocieron, los conocí a ellos, charlamos, conversamos y así me hice con ellos... Son gente de plata, pero son gente que para mí son más bonitas porque yo me derrumbaba y ellos me ayudaban". Ese apoyo diario, sumado al amor incondicional de su hija Verónica Lorena y su nieto Brando Millanao, le dio las fuerzas necesarias para seguir caminando la calle.
Sesenta diarios por mañana y un agradecimiento con el corazón
A pesar de los años, el compromiso con el diariero histórico de Crónica no pierde vigor. "Ahora como a las tres, tres y media de la mañana, más tarde a las cuatro, ya estoy acá", cuenta sobre la rutina que repite cada día para buscar sus 60 ejemplares. Su recorrido lo lleva especialmente por el Colegio Abraham Lincoln, donde cultiva amistades desde hace casi tres décadas: "Tengo mucha gente buena... Le digo una cosa, todavía hay gente buena. Poco, pero queda. Y yo gracias a ellos me siento bien, estoy acá poniendo toda esta palabra porque ando caminando".
Al mirar el camino recorrido desde aquel niño de seis años con su cajón de lustrar hasta el presente, José Benito resume su sentir con una humildad conmovedora: "Yo me encuentro feliz, porque comencé con los diarios y voy a terminar con los diarios... Les agradezco a ustedes porque por lo menos se preocupan de la vida del pobre. Mi vida fue muy horriblemente fea, pero me siento feliz con mi hija, con todo el mundo y con toda esa gente que me quiere".