2026-07-18

De hogar familiar a refugio comunitario: el corazón de "Pequeños Misioneros"

En el barrio Los Bretes funciona el comedor "Pequeños Misioneros". Ángeles "Angy" Brine detalla los 15 años de lucha de su familia para mantener en pie un espacio de contención en la calle Amalia Grosso. Del trabajo itinerante con termos en las plazas al salón propio sostenido por el amor de los vecinos.

En el corazón del barrio Los Bretes, sobre la calle Amalia Grosso 526, el comedor "Pequeños Misioneros" (también conocidos en redes como Grupo Veraca) se convirtió en un faro de resistencia y contención social. Detrás de este proyecto está el amor de una familia que tomó la decisión extrema de poner su propio hogar a disposición de la comunidad.

Ángeles "Angy" Brine, es una de las principales referentes del espacio, y en una charla con Crónica repasó los inicios, el sacrificio y la profunda empatía que mueve sus días.

Manos que salvan vidas, manos que alimentan

"La verdad es que estamos felices y muy contentos de saber que hay gente que, aún hoy en día, tiene un corazón solidario. Se hizo un curso de RCP solidario,y nos llevmos conocimiento y alimentos para el comedor. Pudimos aprender que podemos salvar vidas con nuestras manos, pero también, a través de esa acción solidaria de traer un paquete de fideos o un alimento no perecedero, la gente colaboró muchísimo", explicó Angi quien además remarcó "hoy esa ayuda es vital. Nosotros arrancamos este proyecto pensando en los niños, pero hoy en día van familias enteras, completas".

Los fines de semana el número de niños y adultos que se acercan al comedor crece. "No podemos darle de comer solo a los chicos y dejar a los padres mirando. Por eso siempre decimos: 'Bueno, sumamos un plato más', o le pedimos a las cocineras que traten de hacer multiplicar la comida porque seguro se va a sumar alguien nuevo", remarcó Angi.

La integrante del comedor puso en valor el corazón de Pablo Joandet, quien tomó la iniciativa de armar algo solidario, y sumar su granito de arena. "Haber podido hacer capacitaciones como la de RCP de forma ad honorem nos llena el alma. Si no estás en una empresa o si no tenés la plata, hoy en día no te podés capacitar. Por eso estamos más que agradecidos con toda la comunidad por la convocatoria", subrayó.

Quince años a pulmón y una "locura" familiar

La historia de los Pequeños Misioneros no nació de un subsidio ni de una campaña política. Es la historia de una familia —los López-Chayle— que lleva más de quince años transformando el sudor de su propio trabajo en asistencia.

Durante un lustro, la rutina consistió en cargar termos, jarras pesadas y tacitas, deambulando por garajes prestados o plazas cuando el clima lo permitía. Después vinieron otros cinco años de pagar alquileres con el bolsillo familiar: un mes aportaba el papá, Fabián López; al otro, Angy. Incluso durante el encierro amargo del COVID-19, el alquiler se pagaba igual. A medias escondidas, desafiando el miedo, abrían las puertas para entregar ropa o bolsas de mercadería a las familias que la pandemia había dejado de rodillas.

Pero el bolsillo propio tiene un límite y los alquileres en Comodoro no perdonan. Llegó el día en que ya no se pudo pagar más. La respuesta no fue bajar los brazos, sino mudar la resistencia a la intemperie: Angy cargaba la merienda y se iba con más de 40 chicos a la plaza para que el juego y la copa de leche no faltaran.

Fue en ese momento de desamparo habitacional cuando el papá, Fabián, y la mamá, Alejandra Chayle, tomaron una decisión que desafía las leyes del egoísmo moderno. Decidieron entregar su casa familiar. Treinta y seis años de esfuerzo, de haber logrado tener "todos los lujos" y la comodidad merecida, cambiados por un salón para los chicos del barrio.

"Cuando llegué y me lo dijeron, pensé: 'Van a hacer una locura'. Hoy muchos no entienden esto, pero nosotros vimos la necesidad. Lo hicimos por la gente, por Comodoro, por esos niños" rememora Angy. Desde hace dos años, esa "locura" es el techo que cobija el hambre de Los Bretes.

La trinchera de la ternura

En la mesa de los Pequeños Misioneros los servicios como la luz y el gas se pagan con lo que la familia genera. Sin embargo, donde el Estado se ausenta, la comunidad derrama su propio combustible.

El tejido social que comanda Angy junto a sus padres es inmenso. Su hermana, Ime López, maneja la logística digital y las redes sociales a la distancia, desde Buenos Aires, adonde se fue a estudiar pero sin despegar los pies de su tierra. El compromiso es tan expansivo que cuando llega diciembre y el comedor hace una pausa, la familia junta juguetes, libros y ropa, arma cajas y viaja hacia la cordillera, los campos o las zonas afectadas por los incendios forestales. La solidaridad de la familia López no tiene fronteras provinciales.

 

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