2023-09-06

Julio Cortázar: sobre rayuelas, amor y admiración eterna por Alejandra Pizarnik

Al haberse cumplido un nuevo aniversario de su natalicio, recorremos la historia de amistad entre estos dos emblemáticos autores argentinos, que nació en Europa y fue para siempre.

París, 9 de septiembre de 1971

“Mi querida: Tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estás ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo apunto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte.
Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la Tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria.
Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra. Escribime, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo”.
Julio

El texto aquí citado corresponde a la Carta de Julio Cortázar a Alejandra Pizarnik. Tras uno de sus intentos de suicidio, Pizarnik fue ingresada en un hospital mental durante varios meses para tratar su depresión. Enterado Julio de esa situación y del estado delicado de su adorada amiga, por una carta que ella le envía poco tiempo antes de su fallecimiento, expresa su preocupación e intenta disuadirla de sus tendencias autodestructivas letales y elogia el valor de su obra literaria, mediante aquella sentida carta. Al mandar su respuesta, sin saberlo, le estaba escribiendo el último intercambio epistolar que tendrían.

Ella por su parte, poco antes, le había dedicado el siguiente mensaje detrás de una fotografía suya:

Abril, 1970.
“a Julio para que no nos coman los búfalos del silencio ni ‘las medusas del olvido’.
Espero inmensa foto tuya para mí sola.
(Esta es una de mis caras secretas)
Love”
Alejandra

Según han relatado sus amigos cuando no lo veían conectado a una radio durante la transmisión de un cotejo de boxeo, Cortázar estaba pegado a sus mascotas preferidas, los gatos, o jugando con ellos. Aparte del jazz, acaso otra de sus mayores aficiones fuera enviar correos con sus amigos, como una manera de conversación apasionada. La primera esposa del autor de Bestiario, Aurora Bernárdez realizó una edición magistral de esas cartas. Hay cinco tomos publicados de su correspondencia; con más de mil cartas inéditas, son cerca de tres mil páginas que iluminan todo un mundo íntimo del escritor.

Cortázar había nacido en Bruselas casi por casualidad, el 26 de agosto de 1914, siendo hijo de un funcionario asignado a la embajada argentina en Bélgica. Su llegada al mundo sucedía en pleno inicio de la Primera Guerra Mundial, por lo que sus padres se asentaron más de lo previsto en Europa. A sus cuatro años, en 1918, volvieron al país y se radicaron en la localidad bonaerense de Banfield. Estudió Letras y Magisterio; trabajó como maestro rural ejerciendo la docencia en varias ciudades del interior de la Argentina.
Desde la juventud hasta sus últimos días, Cortázar recorrió el mundo, se mudó de ciudades, provincias y países en reiteradas ocasiones, pero siempre mantuvo sus vínculos a través de una correspondencia tan copiosa como informal. En 1951 despegó con una beca rumbo a París. Al concluir la misma, gracias a su labor como traductor de la UNESCO pudo fijar su residencia permanente en la capital francesa.

Por su parte, Pizarnik estudió Literatura Francesa e Historia de la Religión en la Sorbona. Una vez allí, en la París de los 60, conoció a varios escritores con los que entabló profundas y duraderas amistades -pese a las distancias- hasta el final de su fugaz vida. Entre ellas se contaban las de Julio Cortázar, Rosa Chacel y Octavio Paz, quien en 1962 le hizo el prólogo para su reconocida obra “Árbol de Diana”.

Su amigo fiel: amor sin fronteras y eterno

Con Julio en particular, forjaron tan honda amistad debido a una conexión que -contaban- surgió inmediatamente; relación muy estrecha, de tanta confianza, al punto de llamarla en varios registros íntimos “Bicho lejano o mi Bichito”, con evidente ternura. Él y Aurora la hospedaron en su casa parisina e intentaron ayudarla a superar su depresión. Luego de pasar cuatro años en Europa, Alejandra volvía hacia Buenos Aires.

Por desgracia ni la amistad, tan recíproca como genuina, ni las misivas de su entrañable amigo alcanzaron para disuadir a Alejandra quien se suicidó el 25 de septiembre de 1972, con 36 años.

Julio Cortázar tenía 69 años cuando falleció, el 12 de febrero de 1984 en el hospital de Saint Lazare (París), padecía leucemia. Fue enterrado en el cementerio de Montparnasse, en la misma tumba que Carol Dunlop, su segunda esposa. Popularmente allá, sus visitantes tienen cierta costumbre: dejarle una hoja de papel y un vaso de vino o un boleto del metro local dibujado con una rayuela, a modo de ofrenda.

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