Pensando el desarrollo | Especial de Diario Crónica
Soberanía cognitiva, código abierto y el costo de la IA: el debate tecnológico analizado desde la Patagonia
El despliegue acelerado de la inteligencia artificial (IA) ya no plantea únicamente un interrogante económico o productivo: hoy pone en juego la forma en que razonamos, aprendemos, hablamos y habitamos nuestro territorio. Días atrás, un ensayo del especialista Xavier Olessa-Daragon publicado por la revista europea El Grand Continent encendió una alarma internacional al advertir que las sociedades contemporáneas se enfrentan a la amenaza existencial de una "vasallización cognitiva": un escenario en el que dejar el desarrollo de la IA en manos de los gigantes tecnológicos de Estados Unidos equivale a "perder el control sobre nuestro propio cerebro".
El diagnóstico parte de una premisa geopolítica contundente: no es casualidad que el Mando Aliado de Transformación de la OTAN ya haya designado a la cognición como la "sexta dimensión" de los conflictos modernos, junto con la tierra, el mar, el aire, el espacio y el ciberespacio. Bajo esta doctrina, la soberanía cognitiva se define como la capacidad de un Estado para disponer de sus propias estructuras generadoras de inteligencia —modelos de vanguardia, chips y centros de datos—, formar el espíritu crítico de su población y defender su racionalidad frente a la manipulación algorítmica.
Según estimaciones estratégicas europeas como la denominada "operación Prometeo", la inacción frente a los monopolios tecnológicos tendría un costo devastador: si apenas el 10 % de la masa salarial fuera sustituida o transformada por la IA, en solo dos o tres años los países dependientes terminarían pagando de forma permanente cinco puntos anuales de su PBI en concepto de renta pura a Estados Unidos.
Sin embargo, ¿es posible abordar esta encrucijada desde nuestra propia realidad académica, cultural y territorial sin quedar atrapados en recetas ajenas? Para analizar el fenómeno con voz local, Diario Crónica consultó a Horacio Avendaño, coordinador del Programa de Cultura Digital y Alfabetización Mediática de Comodoro Rivadavia, co-director del Departamento de las carreras de Comunicación Social de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (UNPSJB), licenciado por dicha casa de estudios y magíster en Comunicación Digital Interactiva.
Salir de la encerrona de los millones: propiedad intelectual vs. código abierto
En los grandes centros de poder del hemisferio norte, la respuesta frente a la hegemonía de Silicon Valley suele plantearse como una carrera multimillonaria de capitales cerrados. Un ejemplo elocuente de esta lógica es lo que ocurre hoy con los grandes bufetes de abogados de élite en Estados Unidos: firmas como Kirkland & Ellis, Latham & Watkins o Morgan & Morgan están invirtiendo entre 500 y 1.000 millones de dólares cada una para diseñar sus propias plataformas agentivas o entrenar modelos de pesos abiertos (open weight) con corpus jurídicos propios. Lo hacen no solo para no depender de las grandes tecnológicas de su propio país, sino también para vender licencias de software a otros estudios y blindar su propiedad intelectual. Bajo ese espejo, el debate internacional parece reducirse a una única disyuntiva: desembolsar sumas astronómicas para competir en la frontera tecnológica o resignarse al vasallaje.
Para Avendaño, el primer paso indispensable desde nuestra región consiste en desarmar esa falsa dicotomía. "Este mundo es demasiado complejo como para poder abordarlo desde una alternativa binaria tipo: o competimos en la frontera con inversión masiva por un lado, o aceptamos la hegemonía como tal", advierte el especialista, y señala que "ese planteo binarista es muy escaso; hay otras alternativas, y una de las que se le puede sumar al debate es pensar en los desarrollos de infraestructura pública".
En lugar de convalidar una carrera basada en el cierre propietario del conocimiento, el docente e investigador de la UNPSJB recupera la respuesta histórica que la cultura digital supo construir frente al "imperialismo de la propiedad intelectual profundamente garantizado en los países de mayor desarrollo". Fue precisamente frente a ese cerco, recuerda Avendaño, cuando "aparecieron las comunidades de código abierto que realmente se transformaron en experiencias muy reveladoras y encontraron en las grandes plataformas o en el capitalismo de plataforma un enemigo común para el cual seguir generando tipos de acciones que tienden a democratizar el acceso".
El resultado de esa construcción colectiva demuestra que la horizontalidad no es sinónimo de debilidad técnica:
"Así como pudimos construir en su momento todo el fenómeno del código abierto y las comunidades que primero empezaron y surgieron más modestamente, pero que luego se transformaron en un Linux, en un Wikipedia o en otros grandes desarrollos de comunidades de código abierto, me parece que garantizarían una gobernanza que sea bien democrática, bien horizontal y con sistemas de gestión que en realidad son mucho más viables y más sólidos a la idea monopólica del desarrollo tecnológico de las grandes plataformas".
Esa arquitectura abierta, subraya el académico comodorense, es la que "nos ha permitido hoy tener una red en la que uno puede realmente dejar de ser un consumidor acrítico a pasar a ser un productor de sentido".
De objetos de gestión a sujetos de decisión: las herramientas convivenciales
Mientras los diagnósticos de seguridad nacional conciben la soberanía cognitiva de arriba hacia abajo —como la capacidad de los Estados para administrar infraestructuras y tutelar la mente de sus ciudadanos—, el debate que hoy se da en las aulas de Comunicación Social de la UNPSJB propone invertir el foco. En diálogo con textos fundamentales de Carlos Scolari y Lev Manovich (El software toma el control), Avendaño plantea que cualquier análisis sobre las tecnologías algorítmicas debe interrogar antes la subjetividad que moldean.
"La primera pregunta que hay que reinstalar es qué tipo de sujeto produce, quién es el que produce, qué formas de vida hace posibles y cómo podríamos pensar en que las poblaciones dejen de ser objeto de gestión para convertirse en sujetos de decisión sobre las técnicas que las atraviesan", sostiene el investigador. Desde ese lugar, redefine el núcleo mismo del problema:
"Pensando en un aspecto más contrahegemónico respecto de las experiencias de usuario, me parece que la verdadera soberanía cognitiva no es la de los Estados sobre las mentes, sino de las comunidades sobre sus herramientas".
Para que esa apropiación sea efectiva, el especialista propone incorporar al debate el concepto de herramientas convivenciales: desarrollos tecnológicos que "en vez de crear dependencia pueden generar espacios de autonomía". Lejos de rechazar el avance técnico, Avendaño remarca que "también se puede pensar la IA como una herramienta de la convivencia en la medida en que sus principios garanticen esos derechos y esa ciudadanía digital".
Los límites del lenguaje: neurociencias, sesgo anglocéntrico y el caso Latam-GPT
La disputa por la autonomía comunitaria tiene en el idioma uno de sus campos de batalla más sutiles y profundos. Ya el filósofo Ludwig Wittgenstein advertía que "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo". Aunque la ciencia actual ha superado las viejas hipótesis deterministas para hablar de "relativismo lingüístico" —entendiendo que ninguna lengua es superior a otra—, las investigaciones contemporáneas en neurociencias y psicolingüística demuestran que la lengua materna moldea parcialmente nuestra mente y nuestra forma de organizar la realidad.
Estudios de la investigadora Lera Boroditsky probaron que el inglés recurre a metáforas espaciales horizontales para concebir el tiempo (mirar "hacia adelante" o atrasar una reunión "hacia atrás"), mientras que el mandarín utiliza metáforas verticales ("arriba" para el pasado y "abajo" para el futuro), lo que predispone a sus hablantes a organizar temporalmente el mundo de manera distinta. Del mismo modo, investigaciones de Jonathan Winawer demostraron que los hablantes nativos de ruso —idioma que posee dos palabras distintas para el azul claro y el azul oscuro— distinguen los matices cromáticos más rápido que los angloparlantes, mientras que Stephen C. Levinson documentó cómo el léxico espacial altera la percepción del entorno.
Hoy, los grandes modelos de lenguaje (LLM) operan en la práctica como una nueva lengua mediadora, pero escrita y parametrizada en las oficinas de los magnates tecnológicos estadounidenses. Frente al riesgo de que los usuarios queden condenados a pensar bajo las categorías del "soberano cognitivo", Avendaño rescata las alternativas que ya emergen en nuestra región:
"Se me ocurre pensar en el ejemplo de Latam-GPT: hay un desarrollo de plataformas sobre todo del mundo desarrollado, pero también se pudo construir esta propuesta desde Chile, Brasil, Perú y el resto de los países de América Latina, que propician un resguardo de las lenguas americanas en la no homogeneización a través del inglés de la diversidad cultural".
El motor térmico, la "comida rápida" digital y la regulación del diseño
El impacto de la ergonomía y las interfaces de la IA sobre el sistema educativo y el mundo del trabajo constituye otra alerta crítica. Por un lado, el reemplazo de tareas iniciales amenaza con destruir los puestos de trabajo junior, que son precisamente el espacio formativo donde los jóvenes profesionales se enfrentan al mundo real y adquieren la experiencia necesaria para convertirse en los expertos que mañana deberán supervisar a la IA de igual a igual. Por otro lado, se está documentando que la interacción con modelos diseñados para brindar la máxima fluidez y "comodidad" incita a los estudiantes a deshacerse de su carga cognitiva y a desacostumbrarse al esfuerzo de razonar.
La analogía con el cuerpo humano es directa: así como la invención del motor térmico no eliminó la necesidad biológica de hacer esfuerzo físico para mantener la salud corporal, el esfuerzo cognitivo sigue siendo indispensable para la salud del cerebro. Para evitar esa atrofia existen las llamadas Cognitive Forcing Functions (funciones de forzamiento cognitivo), diseños que reintroducen una "fricción cognitiva" beneficiosa en la interfaz —como exigir que el usuario formule su propia respuesta antes de consultar a la IA, o que responda preguntas que demuestren que realmente leyó un documento—.
Sin embargo, sometidos a la presión financiera de rentabilizar inversiones colosales, los directivos tecnológicos estadounidenses optan masivamente por los diseños "cómodos" y sin fricción por la misma razón comercial por la que las cadenas de comida rápida prosperaron vendiendo menús hipercalóricos en lugar de ensaladas dietéticas. Recién cuando el debate público expuso los daños de la comida chatarra sobre la salud, la industria alimentaria se vio forzada a modificar su oferta.
Apoyándose en ese mismo paralelismo, Avendaño señala que los países no necesitan ser propietarios de los modelos originales para intervenir sobre sus efectos nocivos, sino que deben volver a valorizar la regulación del diseño:
"Si el problema son los diseños que maximizan el consumo o el escroleo infinito, o directamente el consumo a secas, ese tipo de diseños se pueden regular sin importar el origen que tenga quien lo ha creado. Por ejemplo, ya hay antecedentes sobre el tema: hay regulaciones de diseño en función a la comida, a los medicamentos o, sin ir más lejos, a la publicidad misma".
Para el magíster en Comunicación Digital Interactiva, las recientes disputas regulatorias en Sudamérica marcan una hoja de ruta clara para el poder público: "Con los casos que han ocurrido en América Latina, por ejemplo respecto de Twitter en Brasil y otros aspectos, me parece que ahí los Estados deben rápidamente ponerse en sintonía para poder legislar y ajustar esa regulación del diseño de las plataformas para garantizar la ciudadanía digital y los derechos digitales".
El punto ciego del "tecnoceno": agua, energía y centros de datos en Chubut
Mientras los análisis estratégicos de las potencias centrales conciben los centros de datos y los microchips únicamente como activos financieros y militares dentro de un tablero geopolítico abstracto, Avendaño advierte que esa mirada adolece de una omisión fundamental: el soporte físico, ecológico y territorial que sostiene a cada algoritmo.
Detrás de la metáfora etérea de "la nube", la inteligencia artificial exige cantidades ingentes de energía eléctrica, tierras raras y caudales de agua dulce para enfriar servidores. El investigador comodorense introduce esta dimensión a partir de la obra de la pensadora argentina Flavia Costa y la conecta de lleno con los debates que atraviesan hoy a nuestra provincia:
"Veo que el texto -de Grand Continent- tiene, además de lo binario y de lo mecanicista, una ausencia, que tiene que ver con un concepto que Flavia Costa trabaja muy bien en ese hermoso libro que se llama Tecnoceno, y es el tema de la materialidad. Esa ausencia lo hace un poco más débil en el sentido de cómo pensamos los centros de datos —ahora que está en la agenda de Chubut— y su vinculación con la energía y con el uso del agua como un recurso escaso, sobre todo en Patagonia".
Incorporar esta perspectiva obliga, en palabras de Avendaño, a "pensar la técnica con agencia, es decir, la técnica como una fuerza que reconfigura la vida a escala planetaria". Y esa reconfiguración planetaria golpea hoy las puertas del territorio patagónico, cuyas bajas temperaturas anuales y cuencas hídricas resultan altamente atractivas para abaratar el enfriamiento de los procesadores globales:
"Lo podemos pensar en la micro con el gran anuncio, lo digo entre comillas, del data center de Trelew tomando agua del río Chubut, o lo podemos pensar en los distintos lugares de la Patagonia por su temperatura estable durante el resto del año y bajo cero para enfriar los servidores. En ese sentido, el concepto de soberanía es un concepto que hay que pensarlo muy seriamente: para poder desarrollar esos data centers, la inteligencia artificial necesita prácticamente de todo lo que tenemos hoy como recursos".
El desafío político desde el Sur: de proveedores de recursos a artífices de la tecnodiversidad
Al cruzar la amenaza de la "vasallización cognitiva" con el extractivismo de recursos naturales que demanda la infraestructura digital, el debate sobre la soberanía cambia radicalmente de espesor cuando se lo enuncia desde la Patagonia. No se trata solo de evitar una dependencia mental o lingüística respecto de Silicon Valley, sino de impedir una nueva división internacional del trabajo digital en la que el Sur Global aporte agua escasa, energía y clima frío mientras el Norte concentra el diseño, la rentabilidad y el sentido.
"El gran desafío está en nuestras manos como ciudadanos de este Sur Global", sintetiza Avendaño al trazar el horizonte político e intelectual que se abre para nuestra región:
"¿Solamente vamos a participar en la historia mundial como proveedores de recursos o tenemos la posibilidad enorme y hermosa de que, además de que los data centers se asienten en las costas de nuestros ríos y que se puedan enfriar con nuestras temperaturas, podamos pensar que a su vez podemos generar en esos espacios, además del alojamiento, la producción de contenidos y la construcción de alternativas de lenguajes diversos que nos permitan pensar en un mundo que incluye esa diversidad?.
Lograr "que la tecnodiversidad de la que se habla tanto se pueda transformar en una de las condiciones que nosotros como ciudadanos del Sur podamos establecer" constituye, en definitiva, la verdadera llave de nuestra soberanía. Como concluye el Co-Director del Departamento de Comunicación Social de la UNPSJB, "el rol político que en ese sentido hay que asumir implica una suerte de multicausalidad de cosas, más allá de solamente ofrecerle al mundo la chance de poder compartir y vender nuestros recursos de forma ilimitada".