Frío extremo en la Antártida: el registro histórico que sorprende a la ciencia
La estación de investigación Concordia, ubicada en la meseta antártica, registró el pasado 18 de julio una temperatura de -84,1 °C, marcando el valor más bajo documentado en la Tierra desde el año 2012.
El fenómeno ocurrió durante el invierno austral, cuando los termómetros de la base, gestionada conjuntamente por Italia y Francia, marcaron -119,4 grados Fahrenheit en dos oportunidades durante la madrugada.
Situada sobre una capa de hielo de 3.292 metros de espesor y a más de 965 kilómetros de la costa, la estación se encuentra en una de las zonas más inhóspitas del planeta. Aunque este registro es impactante, se mantiene por encima del mínimo histórico de la base, que alcanzó los -85,8 °C en 2010, y lejos del récord mundial absoluto de -89,2 °C registrado en la estación rusa Vostok en 1983.
Un entorno donde el frío extremo forma parte de la rutina
Para los científicos que habitan el complejo, convivir con temperaturas cercanas a los -80 °C es una constante, aunque este evento particular fue calificado como "extraordinario" por el jefe de la estación, Gabriele Carugati. El químico atmosférico y glaciólogo destacó que estos episodios "evidencian lo variable que puede ser todavía el clima antártico".
Asimismo, Carugati aclaró que este frío extremo no invalida el calentamiento global, explicando que "el cambio climático describe las tendencias globales a largo plazo, mientras que los fenómenos meteorológicos puntuales aún pueden provocar un frío excepcional".
Del frío récord a un invierno inusualmente cálido
La complejidad climática del continente se refleja en la coexistencia de fenómenos opuestos. Mientras Concordia registraba este mínimo histórico, la base argentina Esperanza, en la península Trinidad, experimentó el 6 de junio una temperatura máxima de 15,2 °C, un hecho calificado por el climatólogo Raúl Cordero como "una auténtica locura".
Esta anomalía, que mantuvo temperaturas sobre el punto de congelación durante tres semanas, subraya la vulnerabilidad del ecosistema antártico, donde la pérdida de masa de hielo y el calentamiento del océano Austral amenazan a especies clave como el kril, los pingüinos y las focas peleteras.