El Mundial que marcó el inicio de la historia
Aquella final, disputada el 30 de julio de 1930, quedó marcada por una particularidad que todavía hoy resulta insólita: cada selección quería jugar con su propia pelota. La solución fue salomónica y terminó convirtiéndose en una de las grandes anécdotas de la historia de los Mundiales: el primer tiempo se disputó con el balón argentino y el segundo, con el uruguayo.
El primer Mundial de fútbol se desarrolló en Uruguay entre el 13 y el 30 de julio de 1930 y contó con apenas 13 selecciones. No hubo eliminatorias ni clasificación previa: todos los equipos fueron invitados. La FIFA había elegido a Uruguay como sede por distintos motivos. El país celebraba el centenario de su primera Constitución y, además, atravesaba un momento de esplendor futbolístico, después de haber conseguido las medallas de oro en los Juegos Olímpicos de París 1924 y Ámsterdam 1928.
Era un fútbol muy diferente al actual. El profesionalismo todavía no estaba instalado, no existían los cambios de jugadores durante los partidos y las distancias imponían verdaderos desafíos para las delegaciones.
Algunas selecciones debieron realizar largos viajes en barco para llegar a Sudamérica, en una época en la que disputar un torneo internacional implicaba una aventura mucho mayor que la de tomar un avión y llegar a destino.
Argentina, protagonista
La Selección argentina tuvo un destacado recorrido hasta la final. En la fase inicial superó a Francia, México y Chile, mientras que en semifinales derrotó 6-1 a Estados Unidos. Llegó así invicta al partido decisivo, donde debía enfrentarse al seleccionado local ante un estadio Centenario colmado.
La jornada del 30 de julio comenzó muchas horas antes del partido. Las puertas del estadio se habían abierto seis horas antes y al mediodía las tribunas ya estaban ocupadas. Sin embargo, antes del comienzo hubo que resolver una discusión que, con el paso del tiempo, se transformaría en una de las historias más recordadas de aquella primera Copa del Mundo.
Argentina y Uruguay pretendían utilizar su propia pelota. Ninguno quería ceder. Finalmente, se acordó que cada equipo tendría su balón: la primera mitad se jugaría con la pelota argentina y la segunda con la uruguaya.
El partido comenzó con Uruguay golpeando primero. Pablo Dorado marcó el 1-0 para los locales, pero Argentina reaccionó y dio vuelta el resultado antes del descanso. Guillermo Stábile, quien terminaría como máximo goleador del campeonato con ocho tantos, consiguió el empate y Carlos Peucelle puso el 2-1.
El cambio de pelota también cambió el partido
Para el segundo tiempo apareció la pelota uruguaya y, con ella, la reacción de la Celeste. José Pedro Cea estableció el empate y luego Victoriano Santos Iriarte marcó el 3-2. Cuando faltaba apenas un minuto para el final, Héctor Castro apareció para convertir de cabeza el cuarto tanto y sentenciar la primera final mundialista.
Uruguay ganó 4-2 y pasó a la historia como el primer campeón del mundo. Al día siguiente, el gobierno uruguayo declaró feriado nacional para celebrar la conquista. En Argentina, la derrota provocó una reacción muy diferente y se registraron incidentes frente al consulado uruguayo en Buenos Aires.
Aquella final también dejó varias historias que parecen difíciles de imaginar desde el fútbol actual. El capitán argentino Manuel Ferreira se ausentó de uno de los partidos del torneo porque viajó a Buenos Aires para rendir un examen de la carrera de Escribanía. Carlos Gardel, una de las grandes figuras populares de la época, visitó las concentraciones de ambos seleccionados antes de la final.
El torneo también fue escenario de otros hechos que quedaron registrados para siempre. En aquella primera Copa del Mundo se produjo el primer penal errado de la historia de los Mundiales, mientras que la final entre Uruguay y Argentina inauguró una rivalidad que ya tenía antecedentes en el fútbol sudamericano y que encontró en Montevideo su primer gran capítulo mundialista.
El comienzo de una historia
El Mundial de 1930 fue un torneo pequeño en comparación con la dimensión que alcanzaría la competencia con el paso de las décadas. Apenas 13 selecciones participaron de aquella primera edición, los viajes podían durar varios días y el fútbol todavía estaba muy lejos de convertirse en el gigantesco fenómeno deportivo y comercial de la actualidad.
Sin embargo, todo comenzó allí. En un estadio Centenario repleto, con Uruguay y Argentina disputando la primera final, con dos pelotas porque ninguno quería resignar su elección y con la Celeste levantando el trofeo después de imponerse 4-2.
Noventa y seis años después, con Mundiales que reúnen a 48 selecciones y movilizan a millones de personas en todo el planeta, aquella tarde de Montevideo conserva un lugar único. Fue el punto de partida de la competencia más importante del fútbol mundial y el comienzo de una historia que, desde entonces, no dejó de crecer.