2026-08-01

El último silbido en la oscuridad: la vida de “Pepe” Martínez, el afilador de Comodoro

Rebelde, analógico y libre: A sus 58 años, José "Pepe" Martínez recorre los barrios de la zona norte en bicicleta manteniendo vivo un oficio casi extinto. Pasó por la industria petrolera, vivió en Europa y fue parte del rock platense de los noventa, pero eligió una vida austera sin luz, sin gas y sin jefes, donde la flauta de pan es el único anuncio de su paso.

Por la calle se lo cruza, no se lo busca. Si uno anda con suerte por la zona norte de Comodoro Rivadavia, escuchará el trino agudo y milenario de una flauta de pan. Es la llamada de José "Pepe" Martínez (58), el último afilador que pedalea la ciudad con la vieja usanza. Lentes de marcos rojos, elocución acelerada, verborrágico y sin filtro: Pepe no tiene redes sociales, no sabe lo que es un "alias" para transferencia bancaria y solo acepta el billete contante y sonante en la mano.

Vive en Km 8 —en el barrio Standard— en un hogar donde decidió prescindir de la luz y del gas. Carga el teléfono cuando hace falta en la YPF de Km 5 y se mueve en bicicleta, con la soltura de quien se sabe dueño de su propio tiempo.

“Yo no tengo luz hace cuatro años” cuenta “Pepe” sin drama ni victimización. “Vino la cooperativa un día, me descolgó y cuando estaba poniendo el pilar para pagar, me salieron con que debía 35 mil pesos por un servicio que ni tenía. Les dije que se metieran la corriente en el culo y listo. Los primeros cinco días me comí los mocos, pero después se me calmó todo. En la oscuridad y el silencio el pensamiento no se mueve; pensás mejor”, admite mirando a los ojos.

Del barro a las calles de España y La Plata

Nacido y criado en Comodoro, “Pepe” no siempre estuvo al margen del sistema. A los 19 años entró a laburar en el petróleo como mecánico recorredor, con un buen sueldo y el futuro encarrilado. Pero el molde corporativo duró poco. “Estaba laburando muy bien, pero en un momento te preguntás: ¿y qué más? Ahora te casás, tenes un auto, una casa y después qué más?. No me aguanté los malos tratos en el laburo. Renuncié y me fui a vivir un año a España. Ahí me di cuenta de que soy de acá: a mí me gusta el barro, me gusta la tierra”, recuerda sentado en la bicicleta azul la cual es su fuente de trabajo diario.

Tradicionalmente, el costo de afilar un cuchillo cuesta lo que sale un kilo de carne en el mercado. 

 

A su regreso a la Argentina se radicó en La Plata. Trabajó siete años en un estudio de suelos y se metió de lleno en la escena del rock platense de los noventa, donde fue plomo de la mítica banda Los Peligrosos Gorriones.

La crisis del 2001 lo golpeó de lleno. Quedó prácticamente en la calle, durmiendo donde podía y comiendo lo que había, hasta que se refugió un par de años en el barrio El Churrasco, en Tolosa, La Plata. Trabajó en una metalera clasificando chatarra a cambio de un litro de leche por día. En 2004, agotado, pegó la vuelta a Comodoro para rearmarse. Volvió al petróleo como supervisor de telemetría, hizo su casa, se juntó y se volvió a separar.

La flauta de pan y la libertad de la calle

En 2009, estando desempleado, su vida dio el giro definitivo cuando conoció a Tuto Romero, un legendario afilador de Caleta Córdova. “Fue mi maestro, un genio. Me propuso aprender el oficio. Al año aprendí, vendí el auto, la tele, todo, y me dediqué solo a afilar. Ya llevo casi 18 años en esto. Es el único trabajo que me duró en la vida porque no tengo jefe”.

La flauta con la que anuncia su paso la lleva guardada en el bolsillo derecho de su mameluco térmico. “La inventó un rey chino 2.500 años antes de Cristo. De chico yo la escuchaba por el barrio, hoy ya no queda nadie”. Aunque reconoce que bajan afiladores de Buenos Aires, reniega de “los chantas” que hacen desastres en una semana y se van a Caleta o Las Heras, dejándole el tendal de desconfianza con los vecinos.

En la estación de servicio encuentra refugio y calor, mientras recarga el celular.

 

El presente es difícil no solo para él. La ciudad es distinta a lo que era. “Este es un gobierno de gente estólida, así que no podemos esperar nada más que pura porquería” dispara sin rodeos sobre la coyuntura política y económica. “Los comercios cierran, los clientes que antes me daban diez cuchillos ahora me dan tres, o afilan cada un mes en vez de cada 15 días. A mí también me toca, pero no me afecta. Soy solo, no tengo hijos ni familia”, asegura sobre su día a día y su forma de vida.

Jugando en Chenque y el valor de ir "liviano"

De joven jugó más de doce años al rugby en el club Chenque. A pesar de que mantiene amigos de aquella época, le divierte ver la reacción de su entorno cuando se define a sí mismo: “Tengo muchos amigos de buena posición y yo les digo que soy linyera y se enojan. Me dicen "no, vos no sos linyera". Pero es la verdad, y aparte me gusta.

Lector voraz desde la infancia —devoraba libros en la biblioteca local entre los 8 y los 11 años—, evoca a Herman Hesse y el Lobo Estepario para explicar su filosofía de vida. “Toda esa literatura te predica lo mismo: que tenés que estar liviano, que tenés que dejar las cosas. Yo tuve todo lo que quise: camioneta, motos, casa, viajé, viví en Italia... Pero si para tener eso tengo que sacrificar mi tiempo o aguantar lo que no quiero, no. Te dejo todos los regalos. Puedo vivir comiendo una vez por día, sin luz, como quieras, pero libre. No sufro, no me quejo, no se me va la alegría”, afirma sonriente.

A “Pepe” Martínez no se lo encuentra en las redes ni en un taller fijo. Anda pedaleando por la zona norte comodorenses, entre el viento, los recuerdos del rock platense y el sonido de su flauta, convencido de que la verdadera riqueza es no deberle explicaciones a nadie.

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