2026-06-13

El último refugio de la música real: 50 años de vinilos y resistencia en Comodoro

A contramano de los algoritmos y la música intangible, Rodolfo Hipelmayer sostiene desde hace medio siglo un templo físico para los amantes del sonido real en el centro de la ciudad. Radiografía de una pasión que sobrevive a fuerza de vinilos, CD y nostalgia.

Las pantallas de los celulares titilan en los bolsillos de los transeúntes que caminan apurados por el centro de Comodoro Rivadavia. Adentro de los dispositivos, millones de canciones flotan en una nube invisible y fría comandada por Spotify. Pero sobre la vereda, hay un portal en el tiempo. Un rincón donde la música todavía pesa, huele y se toca. Allí atiende Rodolfo Hipelmayer. Su local no es solo un comercio; es un sobreviviente de la era analógica que este año cumple 50 años de resistencia cultural en la ciudad.

Mientras las grandes cadenas disqueras del país bajaron sus persianas hace rato, este bastión comodorense sigue en pie, demostrando que el ritual de escuchar música está lejos de morir.

El mito derribado: el CD no ha muerto

Existe el prejuicio generalizado de que el disco compacto es una pieza de museo. Sin embargo, Rodolfo desarma la teoría apenas se le pregunta por la actualidad del formato.

"El CD se sigue consumiendo, no perdió nunca su vigencia", asegura con la tranquilidad que dan las décadas detrás del mostrador. "Todo lo que es rock nacional e internacional, el pop latino y las novedades se venden muy bien".

La fisonomía del consumo musical en la ciudad es curiosa y muta según el género. En las góndolas de Merlín Discos, el bajón tecnológico no afectó al rock, pero sí caló hondo en los ritmos populares. "El cuarteto y la cumbia hace un año y medio que bajaron muchísimo. No sé cómo lo escuchará la gente hoy, si en el celular o en qué, pero el que quiere escuchar algo físico, viene y compra el CD", analiza Hipelmayer.

En un mercado fluctuante, las novedades en CD rondan hoy los $30.000, mientras que un catálogo general se ubica de ahí para abajo, y los discos importados oscilan entre los $35.000 y $40.000. Precios que el melómano local paga sin dudar, buscando esa fidelidad que el formato comprimido de internet jamás podrá replicar. La revancha del vinilo y el regreso de la bandeja. Si el CD resiste en su trinchera, el vinilo vive una auténtica era de oro. El formato que parecía sepultado a fines de los 80 regresó para reclamar el trono del living.

Para Rodolfo, la explicación es puramente sensorial: "escuchar el vinilo es otra cosa, el sonido es totalmente diferente. El que realmente escucha música, lo nota. El que ama la música y quiere escuchar algo bueno, no va a escuchar de un celular; quiere lo físico". Ese romanticismo acústico generó una comunidad de fieles en Comodoro que desafía cualquier crisis económica. Hay una clientela fija que regresa rigurosamente todos los meses en busca de su dosis de cera negra. No se llevan los discos por docena; se llevan dos o tres, como quien elige minuciosamente un libro o un buen vino para el fin de semana. Los valores de los vinilos son tan variados como las discografías: arrancan en los $55.000 y pueden escalar hasta los $160.000 o $180.000, dependiendo del artista y la edición.

El fenómeno es tan real que ha impulsado la venta de bandejas giradiscos en la ciudad, cuyos precios hoy oscilan entre los $320.000 y superan el $1.400.000 para los modelos de alta gama. "Eso es importante", destaca Rodolfo, "porque el que se compra una bandeja, ya sabe que el mes que viene vuelve por un vinilo". Incluso para quienes se aferran al reproductor digital, en el local se encargan de mantener stock permanente de equipos de audio para CD.

Medio siglo de mutaciones

Rodolfo Hipelmayer vio pasar la historia de la industria musical por sus manos. Estuvo desde los comienzos del local cuando estuvo en la 25 de mayo, y también en la esquina céntrica de San Martín y Pellegrini . Vio la era dorada del cassette y el nacimiento del CD.

Presenció cómo el vinilo quedaba momentáneamente de lado y cómo, décadas después, resurgía de las cenizas como el Ave Fénix de la alta fidelidad. Hoy, el suyo es prácticamente el único refugio especializado que queda en Comodoro Rivadavia para conseguir estas piezas de culto.

Si algo no está en las bateas, la distancia patagónica tampoco es un impedimento: se pide afuera, se espera 20 o 25 días de proceso de importación, y el tesoro musical termina llegando a las manos del cliente. "Es un rubro difícil", confiesa Rodolfo con una sonrisa de gratitud eterna hacia la fidelidad de su clientela de siempre, "pero si lo mantenés y tenés mercadería, siempre va a funcionar".

Mientras el mundo corre detrás del próximo hit de quince segundos diseñado para volverse viral en las redes sociales, en este rincón del centro de Comodoro el tiempo se detiene. La aguja baja, el surco empieza a girar, y la música, por fin, vuelve a ser real. 

 

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