2026-05-12

Trinchera, frío y vocación: el Día de la Enfermería en los pasillos del Regional

Iris Quezada nació en el hospital que hoy la tiene como una de las referentes del primer piso, tras veinte años de servicio y vocación.

El pasillo del primer piso del Hospital Regional de Comodoro Rivadavia no conoce el silencio. Es un río humano donde el eco de la tos se mezcla con el roce de los ambos sobre el granito gastado. El aire tiene un peso distinto; huele a antiséptico, a encierro invernal y a esa urgencia silenciosa que solo se entiende detrás de un barbijo.

En medio de este caos coreografiado aparece Iris Quezada. Lleva el hospital en el ADN, y no es una metáfora: Iris nació entre estas mismas paredes hace décadas y hoy, tras veinte años de servicio, se ha convertido en el pilar del sector.

Una vida de ascenso y entrega

Iris no llegó a la enfermería por un camino recto, sino por uno de voluntad. Su historia es la de quien conoce el hospital desde los cimientos. Comenzó como mucama, recorriendo los pasillos con el uniforme de limpieza, y luego llegó la decisión que le cambió la vida. 

"Hice el curso de auxiliar y luego pude hacer la carrera en la universidad. Ahora ya soy enfermera profesional", dice con una sencillez que camufla el enorme esfuerzo de estudiar mientras se trabaja en la trinchera sanitaria.

Tras rotar por la terapia intensiva regresó al sector de clínica médica. Hoy, mira a su alrededor y nota el peso del tiempo: "En este momento, soy la más antigua".

La sombra del COVID y la herida del pasado

Cuando se le pregunta por la etapa más difícil que le tocó vivir en el hospital, Iris no duda. El invierno de Comodoro Rivadava es crudo, pero nada se compara con la oscuridad de la pandemia.

"Yo creo que lo más dificil que fue el tiempo que nos tocó vivir el COVID. Ver partir compañeros, ver partir mucha gente, y el habernos aislado tanto de la familia. Eso fue lo que más marcó", asegura a Crónica en la sala de refrigerio del primer piso del Hospital.

Pero su verdadera vocación nació mucho antes, de una herida personal que decidió transformar en alivio para otros. Iris confiesa que el motor de su carrera fue su padre, quien sufrió de cáncer e infartos. Siendo mucama, sintió la impotencia de no poder asistirlo con el conocimiento técnico que él necesitaba.

"Tomé la decisión de estudiar para poder brindar el cuidado que él no tuvo a otra persona", afirma, revelando que cada paciente que atiende es, de alguna manera, una forma de honrar aquella vieja deuda de amor.

La rutina en el "Día de la Enfermería"

Hoy no hay lugar para festejos de gala. El servicio está lleno, la demanda desborda y el otoño patagónico que parece invierno empieza a golpear las puertas de la guardia con cuadros respiratorios que no dan tregua.

El cronograma de Iris en el día a día es junto a un equipo de compañeros que van y vienen por el pasillo con medicamentos, sueros y jeringas en una batalla contra el reloj. El traspaso de mando en los cambios de turno a lo largo del día, donde se hereda la vida de los pacientes, y la precisión técnica es lo que sostiene la estabilidad del primer piso.

El momento de mayor cercanía y humanidad con el enfermo

Para Iris, la enfermería dejó de ser un trabajo hace mucho tiempo. Mientras se ajusta el barbijo y se pierde nuevamente en el fragor del pasillo concurrido, define su oficio con una frase que resume veinte años de guardias rotativas, ausencias familiares y manos tendidas: "Para mí, la enfermería es mi vida".

Iris Quezada comparte el turno matutino del primer piso junto a Ana Carranza, Alexis Guevara y Cristina Mamani. Cada piso del Hospital Regional tiene su equipo, y cada uno lleva su historia entre barbijos, sueros y jeringas.

 

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