El oficio en la sangre: Stella y el arte de renovar el tiempo en La Loma
En el corazón del barrio La Loma, donde el viento de Comodoro Rivadavia suele golpear con la fuerza de siempre, existe un refugio de texturas, lino y memoria. Sobre la calle Alem, hace más de tres décadas que las puertas de la Tapicería Nueva Venus se abren no solo para reparar muebles, sino para sostener una tradición familiar que ya atraviesa siete décadas y tres generaciones.
Al cruzar el umbral, el aroma es una mezcla nostálgica de estopa y madera. Allí nos recibe Stella, una mujer cuya vida se narra a través del tacto de las telas y la precisión de la costura. Con 70 años recién cumplidos, Estela lleva 59 de ellos entre armazones y tachuelas. "Empecé a los 11 años", recuerda con una serenidad que impresiona. "No fue por elección, fue por necesidad. Mi papá nos abandonó y había que ayudar en casa".
Una herencia de manos maestras
El oficio llegó de la mano de su padre, Raúl Antonio Balbuena, quien entre encargos le pedía: "Coseme esto, Estelita; armame acá, fijate". Lo que nació como una urgencia económica se transformó rápidamente en una pasión inquebrantable. De los seis hermanos Balbuena, solo los tres varones y ella abrazaron las herramientas, pero fue Estela la única que persistió, convirtiéndose en la guardiana de una técnica que hoy parece de otro siglo.
A pesar del paso del tiempo y de la irrupción de las máquinas, en Nueva Venus se resisten a abandonar el "sistema antiguo". Mientras la industria moderna apuesta por lo descartable, Stella sigue trabajando con lino y estopa, que son materiales nobles que dan estructura y alma al mueble, pluma para almohadones que recuperan la distinción de antaño, como así también crín de caballo que e un material casi extinto que hoy es un lujo de conocedores.
"Antes hacíamos el sofá de cero, tallábamos la patita a mano", relata Estela. "Ahora todo viene más armado, más simple, pero nosotros seguimos peleándola con la calidad de antes", asegura.
En la tapicería comparte el trabajo y la pasión con Víctor Toledo y Liliana Flores.
De los trenes de Buenos Aires a los barcos del puerto
La destreza de sus manos no conoció límites geográficos ni de escala. Con orgullo, Estela repasa una trayectoria que parece una bitácora de viaje: tapizó las paredes de lujosas residencias, camarotes de barcos, asientos de aviones y hasta los vagones de los trenes en Buenos Aires.
"Era un material duro pero resistente, de esos que ya no hay y los que existen no duran como antes", suspira, recordando la satisfacción de tener trabajo y hacerlo bien.
El nombre del local, Nueva Venus, es una herencia de su hermano. Aunque confiesa entre risas que nunca terminó de gustarle porque en otras épocas llamaban al teléfono fijo confundiendo el local con los hoteles de la zona buscando "chicas", decidió conservarlo. Hoy es una marca registrada en Comodoro.
El hilo que no se corta
La historia de Stella es también la historia de las familias comodorenses. "Tengo clientes que empezaron siendo las mamás, después siguieron las hijas y ahora ya vienen las nietas", cuenta con emoción. Son tres generaciones de vecinos que confían en su criterio para vestir sus hogares.
El futuro del taller parece estar asegurado. El mismo brillo que Estela tenía a los 11 años lo ve hoy en su hijo, quien ya ha trabajado a su lado y siente el mismo llamado por el oficio. Es el relevo natural para un negocio que, como dice ella, "nunca tocó fondo" porque siempre supieron pelearla.
En un mundo de muebles de melamina y plásticos, Nueva Venus en La Loma permanece como un bastión del trabajo artesanal. Estela no solo cambia telas; recupera historias, sostiene legados y demuestra que, cuando un oficio se lleva en la sangre, los años no son una carga, sino el hilo dorado que borda la excelencia.