2025-05-21

Democracia en crisis: el voto ausente y las deudas de un sistema que no responde

Mientras crece el ausentismo electoral, un 65% de la ciudadanía reclama a la democracia que cumpla con su función básica: distribuir riqueza, generar empleo e impartir justicia. ¿Está en juego la legitimidad del sistema político?

Por Redacción Diaro Crónica
Basado en el informe “La confirmación del desinterés” de La Sastrería

La reciente elección legislativa en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires confirmó un dato alarmante: casi la mitad del electorado eligió no participar. Lejos de ser una simple estadística, el ausentismo expone un síntoma cada vez más extendido en la sociedad argentina: el desapego hacia la política, hacia sus representantes y hacia el propio sistema democrático. El fenómeno no es nuevo, pero se profundiza en un contexto donde cada vez más ciudadanos sienten que la democracia, tal como está funcionando, no resuelve los problemas concretos de la vida cotidiana.

El informe La confirmación del desinterés, elaborado por la consultora La Sastrería, avanza sobre ese malestar de fondo. En una de sus páginas más reveladoras, se recoge un dato inquietante: un 65% de la ciudadanía considera que la democracia está en deuda con ellos. Y no se trata de reclamos abstractos. Lo que los argentinos piden es claro: que el sistema distribuya mejor la riqueza, que cree empleo y que garantice justicia. Tres pilares que, a su entender, hoy están rotos o ausentes.

La desconexión entre esa demanda concreta y la oferta política disponible se ve reflejada en la participación: en la última elección porteña, apenas el 53,35% del padrón acudió a votar. Es el nivel más bajo desde que la Ciudad tiene autonomía, y marca un antes y un después. El voto ausente ya no puede leerse como pereza o desinformación: es una elección política en sí misma, una forma silenciosa pero potente de manifestar desencanto.

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Este fenómeno, además, no se limita a Buenos Aires. Otras provincias como Chaco, San Luis, Salta o Jujuy también registraron niveles muy bajos de participación en sus comicios. La tendencia se consolida en distintas regiones y atraviesa clases sociales, edades y preferencias partidarias. Algunos analistas ya lo llaman “fatiga democrática”: una mezcla de decepción, indiferencia y resignación ante un sistema que parece no ofrecer alternativas creíbles ni soluciones efectivas.

En este escenario, los datos no alcanzan para explicar lo que sucede, pero ayudan a dimensionarlo. Después de cuatro décadas de vida democrática ininterrumpida, Argentina sigue arrastrando niveles estructurales de desigualdad, precariedad laboral y una justicia que no da respuestas a tiempo. Esa combinación genera una sensación extendida de frustración. La política se percibe como un juego cerrado, desconectado de la realidad, y el Congreso, los partidos y los poderes del Estado aparecen cada vez más lejanos a las urgencias de la calle.

El informe de La Sastrería subraya que el voto ausente no es solo apatía. Es, en muchos casos, un acto deliberado de retirada. Hay ciudadanos que no encuentran a quién votar, pero también hay quienes no creen que votar tenga sentido. No hay confianza en que las elecciones cambien realmente algo. Así, el sufragio, que durante años fue símbolo de conquista y participación, empieza a perder su valor simbólico. Y cuando eso ocurre, lo que entra en crisis ya no es una elección en particular, sino la legitimidad del sistema entero.

Este escenario se agrava cuando, al mismo tiempo, se observa una tendencia creciente a la concentración del poder. En el primer tramo de su mandato, el gobierno de Javier Milei ha recurrido con frecuencia a decretos para legislar sin pasar por el Congreso, ha desatado conflictos con distintos actores institucionales y ha mostrado escaso interés en construir consensos. Esto refuerza la percepción de que el sistema representativo está debilitado y de que las reglas del juego se modifican al compás de decisiones unilaterales.

Si esta tendencia continúa, la democracia argentina podría ingresar en una etapa de legitimidad debilitada. Cuando los gobiernos se eligen por minorías cada vez más reducidas del electorado, las decisiones públicas pierden peso representativo. Y cuando las instituciones no dan respuesta a los problemas concretos —empleo, ingresos, seguridad jurídica—, el malestar no solo crece: también se radicaliza o se retrae. Ambas salidas son peligrosas para la salud democrática.

Revertir este proceso exige decisiones profundas. La política, tal como está, ya no convence. Los partidos, el Congreso, la Justicia y los gobiernos provinciales deberán asumir con urgencia un rol más proactivo. El combate contra la desigualdad no puede seguir siendo una promesa; debe convertirse en política concreta. 

El problema no es solo que la gente no vota. El problema es por qué no lo hace. Y cuando un 65% de los argentinos expresa que la democracia no está cumpliendo sus promesas más elementales, el sistema entero debería prestar atención.

Mientras algunos celebran victorias parciales, la verdadera derrota es colectiva. Es la derrota de un sistema que ya no logra enamorar, ni motivar, ni representar a la mayoría. El desafío, entonces, no es solo ganar elecciones. Es algo más profundo y urgente: reconstruir la confianza de una ciudadanía que, por ahora, eligió no elegir.

 

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