2025-05-06

Memoria y violencia en la Argentina de los '70

El legado de El Eternauta: la tragedia de los Oesterheld y las heridas abiertas del pasado

Entre la historieta, la militancia y la represión, la historia de Héctor Germán Oesterheld y su familia condensa los dilemas de una memoria que todavía duele. Cuatro hijas desaparecidas, un autor comprometido, un crimen olvidado y una pregunta sin respuesta. El furor por la serie recientemente estrenada en Netflix reabre nuestra historia, desempolva los viejos libros de relatos que duelen y nos interpela.

Un héroe colectivo en tiempos oscuros

En 1957, Héctor Germán Oesterheld publicó El Eternauta, una historieta que con el tiempo se volvió mito. Su protagonista no era un superhéroe individualista, sino un hombre común, Juan Salvo, que luchaba junto a sus vecinos por sobrevivir a una invasión en Buenos Aires. Con guion de Oesterheld y dibujos de Solano López, la historia fue leída como una advertencia: los verdaderos héroes no actúan solos, resisten en grupo.

Oesterheld, Héctor Germán con su hermano Jorge funda la mítica editorial Frontera, distribuidora de las historietas “Hora Cero” y “Misterix” entre otras. Para 1957 y con dibujos de Francisco Solano López crea la historieta argentina mejor lograda de todos los tiempos: “El Eternauta”.

Con los años, esa ficción ganó un nuevo sentido. El propio Oesterheld se radicalizó políticamente, sumándose a Montoneros, la organización armada peronista que combatía al régimen militar y al poder económico. En esa decisión también fueron arrastradas sus hijas: Beatriz, Diana, Estela Inés y Marina. Las cuatro se incorporaron a la militancia y, en distintos momentos, fueron secuestradas y desaparecidas por las fuerzas represivas de la dictadura. Dos de ellas estaban embarazadas al momento de su detención.

Una familia entera devorada por la represión

Héctor, Elsa y sus cuatro hijas, Diana, Beatriz, Estela y Marina.

 

El caso de los Oesterheld se volvió símbolo de la represión ilegal del Estado. Héctor fue capturado en abril de 1977 y trasladado por distintos centros clandestinos —entre ellos el Vesubio— antes de desaparecer por completo. La historia familiar se desangró en pocos meses, sin respuestas judiciales ni datos certeros sobre su destino. Solo su esposa, Elsa Sánchez de Oesterheld, sobrevivió a la tragedia. En los años siguientes, Elsa se transformó en referente de Abuelas de Plaza de Mayo y en emblema de la búsqueda incansable por memoria, verdad y justicia.

Elsa Sánchez

Las historias de sus hijas fueron documentadas en libros, entrevistas y organismos de derechos humanos. Su vida militante, su rol en Montoneros, sus embarazos, sus capturas. Pero también quedó en pie una parte incómoda de la historia: la de las víctimas civiles que murieron a manos de las organizaciones armadas. Y en esa lista hay un nombre que sigue generando conmoción.

El día que una heladería se convirtió en blanco

El 6 de diciembre de 1977, Estela Inés Oesterheld, con el nombre de guerra "Marcela", participó en un ataque frente a una sucursal del Banco Provincia en Monte Chingolo. En medio de la balacera, un cabo primero de policía, Herculano Ojeda, fue asesinado. Pero también murió un chico de tres años, Juan Eduardo Barrios, alcanzado por una bala cuando estaba con su madre en la puerta de una heladería.

 El relato, sostenido por la familia Barrios, señala a Estela como una de las autoras del ataque. A pesar de no haber sido condenada, porque desapareció poco después en manos de las fuerzas militares

“Marcela”. “Mónica”. Hija de Héctor Germán Oesterheld y Elsa Sánchez. Secuestrada-desaparecida en la zona suroeste del Gran Buenos Aires (Longchamps), a la edad de 25 años, el 13 de diciembre de 1977.

Una memoria fragmentada

El caso Barrios no es único. Hay cientos de denuncias de familiares de personas asesinadas por Montoneros, ERP u otras agrupaciones armadas que, durante las décadas del 70 y 80. En la mayoría de los casos, las víctimas civiles fueron olvidadas por el relato institucional de la memoria, que se concentró —con justicia— en el terrorismo de Estado.

Pero los reclamos siguen vigentes. En el Congreso hay proyectos que proponen resarcir económicamente a las familias de víctimas de organizaciones armadas, bajo los mismos criterios que se aplicaron a los familiares de desaparecidos.

La memoria colectiva argentina está partida. Un sector defiende una línea clara: la dictadura fue responsable del terrorismo de Estado y sus crímenes son imprescriptibles. Otro sector pide revisar también la violencia armada previa, sin caer en teorías negacionistas ni en la equiparación de culpabilidades.

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Oesterheld, símbolo y dilema

El legado de Héctor Oesterheld es complejo. Como autor, marcó un antes y un después en la historieta nacional. Como militante, abrazó una causa en la que creía, y por la que terminó siendo asesinado. Como padre, vio cómo sus hijas eran detenidas una a una hasta desaparecer. Pero también como figura pública, su historia quedó ligada a la de otros que, como Juan Eduardo Barrios, murieron en un fuego cruzado que aún hoy se discute.

Su obra maestra, El Eternauta, fue reinterpretada desde múltiples miradas. En la reedición de 1976, Oesterheld ya había virado hacia un tono más explícito en sus críticas al imperialismo y a los poderes reales. En 2021, Netflix anunció una adaptación internacional de la historieta, mientras que agrupaciones militantes siguen usando la figura de Juan Salvo como bandera política.

Pero quizás la enseñanza más potente de El Eternauta no esté en la lucha armada ni en la épica de la resistencia, sino en esa frase clave que atraviesa la obra: “El verdadero héroe es un héroe colectivo, nunca individual”. Un mensaje que resuena en tiempos donde las heridas aún dividen, pero donde el diálogo es más necesario que nunca.

El Eternauta interpretada por Ricardo Darín.

No hay una única memoria, ni una sola forma de narrar lo que ocurrió. La historia de los Oesterheld es trágica, dolorosa y heroica, pero también es humana, contradictoria y llena de matices. Y solo cuando seamos capaces de ver todo eso —sin negar, sin idealizar, sin simplificar— vamos a poder construir una memoria verdadera. Una memoria que, como El Eternauta, nos convoque a pensar en lo colectivo y no solo en lo que duele.

 

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