Pensar como los antiguos
Traté a varias personas que entre las décadas del 70 y el 90 conocieron o colaboraron con uno de los pioneros y referentes de la arqueología en Patagonia. Alguien que le ofició de guía en el norte de Santa Cruz, ya fallecido, me comentó acerca de una charla que mantuvieron. Conversaban sentados sobre unas rocas en un sitio con pinturas rupestres ejecutadas hace miles de años. Le consultó cómo hacía para entender y saber tanto acerca de las culturas antiguas y ubicar sitios donde transitaron y residieron.
“Se debe pensar como lo hacían los indígenas” le respondió. El problema era ¿cómo, desde el presente y nuestra cultura occidental, se lograba pensar como los pueblos originarios del pasado? Son tan distintas nuestras formas de vida, los modos de entender el mundo, que no tienen relación entre sí. A quien me lo contó, la respuesta del arqueólogo le resultó un enigma.
Varios años después, la respuesta me la dio la experiencia. En una estancia situada en la precordillera de los Andes, en la que solía quedarme con cierta frecuencia, me comentaron acerca de un sitio donde encontraban puntas de flechas. Un día que caminaba cerca del lugar lo recordé y me acerqué. Curioseando, entre las raíces de unos arbustos encontré una punta de flecha y en derredor varias esquirlas. Se trataba de un “picadero” o taller lítico donde confeccionaban herramientas de piedra.
Por entonces desconocía su existencia y finalidad. Se situaba en la parte inferior de un faldeo protegido del viento, junto a la confluencia de un valle pastoso y otro que albergaba una gran laguna. Los unía un pasaje estrecho. Me senté en el suelo a disfrutar del paisaje.
Minutos después, sin darse cuenta de mi presencia, dos guanacos pasaron frente a mí. Iban de un vallecito a otro transitando por el pasaje. Entendí el motivo de emplazar el picadero en ese lugar. Mientras trabajaban en la confección de herramientas de piedra, pasando desapercibidos en lo que era un paso obligado, se podía vigilar la presencia de animales para cazar. En ese caso, pensar como los antiguos, consistía en saber leer el paisaje y determinar la función que podía cumplir cada sitio en relación a sus necesidades para la subsistencia.
Cuando me levanté escuché el relincho de un guanaco que desde lo alto del faldeo había detectado mi presencia. Ascendí el faldeo que se aterrazaba en salientes rocosas. Desde donde había relinchado se emplazaba un gran cúmulo de piedras. Se trataba de una tumba indígena, la primera que conocía. Entre tanto, el guanaco se alejó ascendiendo farallones de roca, desde donde me dedicaba nuevos relinchos. Desde la tumba la vista dominaba la amplitud de los valles, las altas montañas circundantes y la laguna que por sus dimensiones podría ser confundida con un pequeño lago. Con los años verificaría que el emplazamiento de la tumba en un sitio alto desde el que se tenía una amplia panorámica del entorno, sería un patrón presente en todo Patagonia.
El paisaje perdura igual, el que es otro es el humano que lo transita y el uso que le destina.