Ana Reyes Sosa y Carolli Williams, precursores y referentes de la cultura patagónica
Crónicas ilustradas EDICION ESPECIAL
Por Alejandro Aguado
Texto e ilustración
Ana “Negra” Reyes Sosa y Carolli Williams, entre los años 1972 y 2012 desarrollaron desde la localidad de Sarmiento, Chubut, una labor individual y colectiva artístico-cultural, de rescate y enseñanza volcada a la comunidad, que fue una experiencia precursora a nivel nacional, innovadora y muy especial.
A comienzos de los años 90, cuando Sarmiento rondaba los 8 mil habitantes, me sorprendió gratamente de muchos modos. Para mí, que recién entraba en las dos décadas y provenía de una ciudad petrolera, en contraste, la localidad vecina de impronta chacarero-ganadera me resultó un mundo muy diferente y atractivo. Allí conocí a cuatro grandes artistas, dos de los cuales tuvieron mucho que ver con mi formación artística y vocación por valorizar lo que hace a la identidad de la tierra en la que se reside: Juan Carlos Moisés (dibujante, poeta, escritor, director de teatro), Carolli Williams (artista plástico, ilustrador, escenógrafo), Ana Reyes Sosa (ceramista, escultora) y Pompey Romanov (pintor clásico, de calidad excepcional, formado en París) Cada uno con estilos, estéticas, improntas y personalidades bien diferenciadas, pero todos de un nivel excepcional. No podía dejar de preguntarme ¿Cómo una localidad chica, situada en el centro de Patagonia, muy lejos de los grandes centros culturales del país, podía albergar artistas-intelectuales de tal nivel de excelencia? Fue una de esas típicas sorpresas que da la Patagonia, en la que se encuentran personas excepcionales (del pasado y el presente) en sitios donde no se esperaría hallarlos, en lugares cuyos contextos podrían considerarse poco favorables para el tipo de actividad que realizan. De esas personas cuya vida y obra enriquecen la comunidad en la que residen. Ana Reyes y Pompey Romanov ya no están entre nosotros, Juan Carlos Moisés sigue creando desde Salta. Solo Carolli Williams permanece en Sarmiento, jubilado pero activo.
Aunque Carolli y Ana Reyes desarrollaron obras artísticas individuales y muy personales, una vida y labor compartida, hace que se deba hablar de ellos en conjunto. Se retroalimentaban, se enriquecían y trabajaban para la comunidad.
Ana Reyes Sosa y Carolli se conocieron en Sarmiento. Referencias de allegados, que le resaltaban los intereses en común acerca de la enseñanza por medio del arte, a él lo motivaron a conocerla. Por entonces ella tenía 18 años y él 24. Su primera conversación se prolongó durante tres horas y él sintió que ella le “impactó el alma”. Pese a ello, Carolli partió a Buenos Aires para continuar su formación artística (a mediados de 1964 había estudiado en el taller del pintor Emilio Pettoruti, uno de los mayores referentes de las artes plásticas de Argentina). Durante su segunda residencia en Buenos Aires se integró a la escuela Superior del Teatro Colón, para estudiar escenografía. Retornó a principios de 1968, en coincidencia con el regreso de sus padres a Sarmiento, que por entonces residían en Comodoro Rivadavia. Su padre, ferroviario, se había jubilado. En el reencuentro con Ana le propuso casamiento. Transcurrieron varios meses y para fin del año 1968 se casaron en una iglesia católica, con pastor protestante.
A mediados de 1972 la intendencia de Sarmiento le ofreció a Carolli la dirección del Museo local “Desiderio Torres”, y a Ana Reyes crear un Centro de Arte para chicos. Aunque no eran docentes titulados, se dedicaron a la enseñanza durante cuarenta años. Tanto en el dictado de los talleres, como docentes durante 25 años en escuelas de Sarmiento. Validando su trayectoria, ambos fueron reconocidos por su labor docente por la Cámara de Diputados de la Nación. Una situación que tuvieron claro desde un principio, debido a su lugar de residencia, es que en el plano artístico deberían buscar un lenguaje propio. Si buscaban sumarse a las vanguardias artísticas de aquellos años, en apogeo en las grandes urbes, por falta de información no lo iban a conseguir. Su búsqueda tendría que sorprenderlos a ellos mismos. Como Ana se especializaba en alfarería, recorrían los campos de la zona buscando tierras apropiadas para crear sus obras. Ella clasificaba y separaba las tierras probándolas con la boca, para analizar su salinidad y textura. En ese sentido, Sarmiento y su entorno es un lugar privilegiado por la variedad, abundancia y colores de tierras que afloran en numerosas y diversas formaciones geológicas originadas millones de años atrás. Las preparaba cocinándolas para luego dar forma a sus creaciones, combinándolas a su vez según sus colores.
En cuanto a la obra pictórica de Carolli, es la de un artista plástico que pinta, dibuja, ilustra o realiza cuadros con relieves y objetos. Recurrió a todos los materiales disponibles: lápiz, tinta, óleo, acrílico, cartapesta, objetos, elementos de la naturaleza, etc. En cuanto a las temáticas, sus obras ilustran la vida cotidiana de los colonos, las costumbres de los galeses patagónicos (sus raíces), la de la gente de campo o la sociedad surgida de la combinación de la cultura occidental con la originaria. La faz espiritual también ocupa un lugar de relevancia en su gráfica. Pese a lo que podría suponerse, la suya no es una obra de rescate folclorista ni costumbrista. Sus cuadros, realizados con un estilo gráfico sumamente personal, se destacan por su colorido y fuerte simbolismo. Los personajes parecen vivos. Desbordan de autenticidad patagónica. Sarmiento, Patagonia y sus culturas, viven en sus cuadros.
En los años ´70, se acercaron para conocerlos los arqueólogos - antropólogos Carlos Gradín y Rodolfo Casamiquela (hoy considerados dos referentes pioneros en la especialidad), quienes, a su vez, les brindaron información arqueológica de sitios que por entonces se estudiaban en la zona. Ana Reyes incorporó a su obra la iconografía existente en el arte rupestre regional. Casamiquela, a su vez, destacó el trabajo que realizaban en el Museo. Lo señaló como especial y precursor, ya que en el país por entonces era el único que se podía considerar “Museo vivo”. Era un espacio dedicado a la comunidad, que interactuaba con ella e integraba y daba lugar a descendientes de los pueblos originarios para que transmitieran sus conocimientos ancestrales. Por ejemplo, entre los doce talleres ofrecidos por el Museo se contaba el de telar, que lo dictaban tejedoras indígenas o el de alfarería con identidad regional. Fue tal la relevancia del taller de Telar, que fue reconocido por el Ministerio de Educación de Chubut. Asimismo, lo aportado por indígenas, se enriquecía con información académica de la antropología y la etnología. La labor les fue reconocida por los propios pueblos originarios y debido a ello los invitaron a participar en la zona rural de Pastos Blancos, de ceremonias rituales llamadas Camarucos. Había talleres para diferentes grupos de edad y en horario nocturno para adultos. El número de asistentes por año rondaba los 200.
Su tarea también llamó la atención del cineasta Jon Villebeitia, “El vasco”, que acababa de incorporarse a la Universidad Nacional de la Patagonia S.J.B. Desde la Dirección de Medios Audiovisuales filmó un documental que rescató la tarea que realizaban, al que tituló “La fragua de los sueños”. Ese film se presentó en un festival desarrollado en la Universidad de Tucumán, del que participaron Universidades de toda América Latina. Ana Reyes donó una artesanía que serviría para premiar a los ganadores. El documental obtuvo el primer premio y les dieron la mejor artesanía que se presentó, que fue la de Ana.
En los años ‘80, en una ocasión en que Carolli exponía sus cuadros en el banco Francés en Comodoro, Pinelli, Rector de la Universidad, les pidió que se mudaran para continuar su trabajo en esa ciudad. Pero ellos le realizaron una contrapropuesta: la Universidad debía apoyar lo que ya desarrollaban en Sarmiento. Los 15 años siguientes la Universidad certificó a los alumnos de los talleres, prestigiando y reconociendo aún más su labor.
Transcurridos los años, algo que resalta Carolli es el reconocimiento a los trabajos de los alumnos, que obtuvieron más de 150 premios internacionales. Por citar algunos ejemplos: de la UNESCO en Tokyo, Japón, donde obtuvieron seis medallas de oro; en Finlandia una medalla de oro y dos de plata; 10 medallas de oro en China; en París, Francia, un mural que les demandó un año de trabajo fue premiado y expuesto durante tres meses en los Campos Elíseos, a los que se suman premios en Noruega, República Checa, India y un extenso etc. Más destacable resulta si te tiene presente que fueron logros en tiempos en que no existía Internet y era más difícil acceder a la información y el hacer circular la obra. La información llegaba en cuentagotas a instituciones como el Museo o a las Direcciones de Cultura. Las obras debían ser enviadas por correo postal o transportes. No existía la inmediatez que hoy brindan los mails u otros servicios de transferencia de archivos informáticos. Podían transcurrir semanas y meses hasta tener alguna noticia. Carolli y Ana Reyes en ese sentido funcionaban como docentes y coordinadores de sus alumnos. La totalidad de los trabajos premiados se basaban en temáticas regionales, propuestas en la mayoría de los casos por los propios alumnos. En su labor de docentes, se ocupaban de apoyarlos en el plano técnico para resolver las temáticas propuestas por cada alumno. En una oportunidad se propuso a los hijos de peones de campo, contar mediante dibujos la vida cotidiana de los padres en el trabajo. Se anotaron ocho chicos y se les asignó dibujar un momento del día, en el cada uno desarrolló una imagen específica a la hora seleccionada. En conjunto formaban una secuencia, como si fuera una historieta realizada por 8 autores, en que los personajes, animales, paisajes, edificaciones, etc, se repetían en cada dibujo. El primero lo hizo un chico de la aldea Buen Pasto, que retrató al padre tomando mate por la mañana, observando desde la ventana a un piño de ovejas pastando en un valle. El último dibujo de la secuencia, retrataba al puestero a la noche, sentado en su catre, acompañado de un perro. Frente a él un fogón encendido. En el humo del fogón se dibujaban su mujer besándolo, junto a sus hijos. Los premios, con su reconocido valor artístico y testimonial, también coincidieron con años de una mayor apertura y receptividad a nivel mundial que la actual. Contrariando la “aldea global” pregonada con la propagación de Internet, muchos países y grandes urbes del país se fueron cerrando sobre sí mismas, dejando de ser tan receptivas a lo externo, se volvieron más localistas.
Hoy en día a Carolli lo paran en la calle y lo abrazan, contentos con su presencia. Debido a los cambios físicos producto de los años transcurridos, en más de una ocasión tiene que preguntarles “¿quién sos?” Suelen ser los hijos de sus alumnos, motivados por lo que les contaron los padres acerca de sus gratas experiencias en los talleres.
Ante la ausencia de Ana, Carolli la recuerda como “una compañera genial, una mujer de una sensibilidad, con un nivel intuición y trabajo que excedían a la comunidad. Ninguno de los dos pudimos tener la formación que hubiésemos deseado, pero nos complementábamos de una manera excepcional”.
Tras tener que posponer la presentación del libro llamado “Bioma” en dos oportunidades debido a la pandemia del Covid, el martes 16 de febrero de 2022 finalmente lo concretaron en la librería-centro cultural “Las Pibas, Almacén de libros”, de la ciudad de Sarmiento. El libro, que rescata-selecciona la obra de ambos, surgió por iniciativa de Miguel Escobar. Se trata de una edición de lujo (a color, en papel ilustración y tapa dura), muy poco frecuente a nivel regional. Al respecto, Carolli se sorprendió gratamente ya que un día Miguel Escobar se acercó a su domicilio con la propuesta de documentar su obra. Como vio que era alguien que trabajaba con mucha seriedad y profesionalidad, le brindó total libertad para que durante varios meses realice el registro. Tras varios años de elaboración, finalmente la obra impresa fue presentada, lo que resulta un rescate, legado y homenaje necesario y merecido. La historia de ambos es de esas que merecen ser rescatadas y valorizadas, por ser únicas, especiales y por lo que aportaron a su comunidad y a la cultura patagónica.