Enfrentando conflictos (Primera parte)

Lic. Diana Ponce
MP 0040

El tema que hoy vamos a compartir es tan polémico como acuciante. Sin embargo creo que es importante que podamos compartir algunas ideas para empezar a pensar en algo que nos afecta a todos en los distintos ámbitos en los que interactuamos.
Convivimos en sociedad, en pareja, en familia. Convivimos en las aulas de la escuela, en nuestros lugares de trabajo, en las instituciones de las que formamos parte. 
Convivir implica compartir espacios y tiempo con otras personas que nos son más o menos cercanas. Con las que tendremos semejanzas y diferencias, encuentros y desencuentros.
Partamos de que no somos todos iguales, tenemos distintos hábitos, gustos, formas de pensar y maneras de vivir. Conciliar estas diferencias no es tarea fácil, convivir implica siempre conflicto. 
-“Los vecinos de arriba están de fiesta hasta las 4 de la mañana y no me dejan dormir”-
- “Sos un desordenado, dejás todo tirado y me paso el día ordenando”-
-“Nunca colaboran ustedes, ayuden a su madre”-
- “Otra vez tenemos que ir a almorzar a casa de tus padres!”-
- “Que me echen, a este jefe no me lo banco más!”
-“ Siempre tiene una excusa para llegar tarde!”-
-“eh, no ve que en ese lugar iba a estacionar yo!”-

Todos seguramente encontraremos muchos ejemplos de este tipo. Ejemplos en los que “mis derechos” entran en conflicto con los de otros. 
Entonces nos enojamos, discutimos o nos callamos en un resentimiento envenenado que nos amarga el día. 
Los conflictos van a existir siempre que dos o más personas convivan y es importante aceptarlo y aprender a resolverlos. De nada sirve rumiar enojos que, al acumularse, en algún momento van a estallar frente a “la última gota que derramó el vaso”. Tampoco sirve hablar si estamos muy enojados, ya que no podremos pensar con claridad, nuestras palabras buscarán herir y no lograremos hacernos entender. 
No es fácil controlar afectos tan intensos como la rabia, el odio, los celos y pueden llevarnos a explotar en reacciones violentas, incluso con las personas que también amamos. Una vez que se ingresa en este camino es difícil salir de él y el conflicto tiende a paralizarse en una situación para la que no se encuentra salida. 
Para no llegar a este extremo, es fundamental poner en palabras lo que sentimos y evitar que los enojos se acumulen. Podríamos comparar los vínculos con una habitación en la que si cada día dejamos ropa tirada, revistas en el suelo, basura acumulada, llegará un momento en que nos será imposible entrar. Si cotidianamente podemos comunicar lo que nos disgusta o molesta, evitaremos que nuestros vínculos se conviertan, como esa habitación, en un espacio en el que ya no queremos habitar.
Frente a un conflicto es necesario negociar y para ello deberemos tener claro qué queremos, porqué lo queremos y cuál es la mejor manera de transmitir nuestra necesidad. La base de una buena comunicación es tanto el “qué decir” como el “cómo decirlo”. Un “me siento mal cuando veo la casa toda desordenada”, por ej. facilita el diálogo más que “estoy harta de que dejes todo tirado”. Cualquier tema, por muy urticante que sea, puede ser tratado si se lo enfoca con calma y desde la intención de resolver el problema y no de ganar la partida.
Es importante entonces lograr que la otra parte se involucre como un “socio” en la resolución de un tema que los afecta a ambos. Objetivar el problema tratándolo como “algo que nos pasa y que afecta a la relación”. Por qué no pensamos juntos en cómo resolverlo?
Entiendo que enfrentar un conflicto de esta manera no es fácil y probablemente no hemos sido educados para hacerlo. Pero…por qué no intentarlo?. Tal vez logremos que nuestras relaciones mejoren y habremos aprendido un mejor modo de comunicarnos.

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