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Jueves 8 Febrero 14:03
Lecciones neoliberales 8
La otra servidumbre: volver al encanto del endeudamiento externo
Los países se endeudan para compensar sus ingresos internos insuficientes y poder efectuar inversiones socialmente productivas. En la economía clásica, los préstamos requieren ahorros en algún sector de la economía nacional o mundial. Un indicador de vulnerabilidad es el endeudamiento para pagar gastos corrientes. Es el caso de Argentina (y de muchas provincias, inclusive Chubut).

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Jorge Manuel Gil, investigador y profesor universitario.
 
Nuestro país es –formalmente- una nación independiente. Sin embargo, desde el empréstito Baring de 1824 y con el bono a 100 años de la administración de Mauricio Macri en 2017, la deuda externa con sus exagerados intereses y comisiones, sus negociadores corruptos de guante blanco a quienes nunca se investiga, el conflicto con intereses nacionales, su hipoteca sobre los recursos naturales del país, su bicicleta financiera y su fuga de capitales retorna al eje de nuestra preocupación cotidiana. 
 
Claro que el pensamiento nacional la ve como una trampa a la economía popular  causante de dificultades económicas y políticas del país por sus efectos actuales y a futuro sobre las cuentas públicas (inflación, desnacionalización y desempleo), mientras que el neoliberalismo de la reunión de Davos la impulsa y presenta como una muestra de la confianza externa recuperada (¿?) y una forma rápida de obtener una “lluvia de dólares”, siempre por venir, siempre una expectativa.
Luego de la etapa de desendeudamiento del kirchnerismo, a partir de 2016 el endeudamiento externo aparece como requisito para “volver al mundo”, que no nos da sino productos caros y préstamos buitres, y reclama que Argentina y los países de la región se endeuden para volver a aplicar las recetas neoliberales de los 90. La estrategia es conocida: se justifica la deuda externa creando déficit por redistribución regresiva (asignar recursos del Estado a los que más tienen). 
 
La deuda externa asume el rol de institución al servicio del mercado. Por ello, su aumento marcado y sostenido se aplicó a financiar el déficit fiscal del gobierno y de la cuenta corriente por los aumentos de las importaciones, así como el incremento de las reservas internacionales (1). 
El déficit de la cuenta corriente se ubicó en 2017 en un 4,2% del PIB, por el aumento de las importaciones como producto de la reducción de controles y aranceles y de la apreciación del peso, así como por el incremento de los pagos de intereses de la deuda externa. El déficit fiscal se mantuvo elevado (un 4,7% del PIB), pese a la reducción de
los subsidios a los servicios públicos que favorecían a la población más vulnerable.
 
La fantástica transferencia de fondos sectoriales por la reducción de retenciones al campo y las mineras transnacionales alimentó un déficit que se financió mediante deuda extranjera (52.000 millones de dólares entre enero y septiembre) y local (equivalente a 20.000 millones de dólares). La deuda externa aumentó hasta el 19,9% del PIB en 2017 (desde el 18,1% del PIB en 2016).
 
La reciente reforma tributaria limita la presión fiscal, en la ilusión de fomentar la inversión y las exportaciones, pero va a incrementar el endeudamiento debido a la reducción del impuesto a las ganancias reinvertidas (del 35% actual al 25% hacia 2021) y a la disminución de las contribuciones patronales de seguridad social. Como la ley de responsabilidad fiscal (que incluye disminuciones del gasto y del empleo en las provincias, una revisión de la coparticipación federal de impuestos y una reducción de los impuestos provinciales) no alcanzará para bajar el déficit, será inevitable presentarle al pueblo, como “única alternativa”, la necesidad de endeudarse. La vergonzosa reforma previsional que apunta a reducir los incrementos jubilatorios futuros y, en consecuencia, el gasto previsional, va también en esa línea.
 
La octava lección del neoliberalismo es entender que las cuentas públicas nos gobiernan a través de la deuda, mientras nos hacen creer que somos artífices de nuestros destinos individuales a través de engaños tales como el emprendedorismo. Lamentablemente de la mano del neoliberalismo, la inflación seguirá acuciando; la industria nacional advertirá que no es viable en este modelo; se comprobará que el campo se enriquece sin generar trabajo y no alcanza para impulsar el crecimiento de pequeños productores y volverán las demandas sociales y laborales, cada vez más apremiantes; las inversiones privadas seguirán sin aparecer y serán reemplazadas por la especulación financiera, y no bajará la desocupación ni la pobreza; la inseguridad jurídica se mantendrá con una Justicia sujeta al Ejecutivo.
 
Y el gobierno nacional seguirá encubriendo la realidad con la deuda permanente de la dependencia con el FMI y el Banco Mundial. Otra vez la misma película de terror ahora en colores y con actores “amigables y modernos”, pero el mismo argumento de la vieja política conservadora y el mismo caos final predecible.
 
(1) Datos Balance Preliminar de las Economías de América Latina y el Caribe 2017 de la CEPAL.
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